Blogs / 14 de febrero de 2013

El amor en los tiempos del dólar blue

La vida de pareja, al ritmo de los grandes avatares nacionales.

Mi generación está divorciada. Desde el comienzo del nuevo milenio, los que nacimos a principios de los ’70 hemos estado volviendo a la soltería. No tengo ninguna estadística seria y confiable al respecto, pero no deja de asombrarme la cantidad de separaciones, abandonos y divorcios entre coetáneos cercanos que se han sumado, digamos, desde el 2000 hasta hoy.

Los nacidos en los turbulentos ’70, los de Cámpora, los de Perón, los de Isabelita, los de la Junta, caímos en los temibles y sagrados lazos del matrimonio en tiempos de Menem. Y quizás, sólo quizás, nuestras vidas conyugales no sean más que un reflejo de los avatares sociopolíticos y económicos del país. Nacimos con el rodrigazo, nos criamos con la hiperinflación, nos casamos con la convertibilidad y nos divorciamos con la devaluación.

Vinimos al mundo en tiempos duros y violentos, hijos de beatniks frustrados, candidatos al psicoanálisis desde la cuna. Nos criamos en tiempos inestables, con precios que cambiaban todos los días, amenazas de golpe de estado, la irrupción del SIDA y la explosión del Challenger. El nacimiento turbulento y la infancia en una montaña rusa nos terminaron por escupir a las puertas de la edad adulta con unos mambos con los cuales un freudiano se haría un festín, ciudadanos y futuros maridos golpeados desde antes de empezar.

Entonces llegaron los tiempos felices de Carlos Saúl y Domingo Felipe, donde un peso valía un dólar y un puñado de dólares -que no eran tan difíciles de ganar, al fin y al cabo- te llevaban de vacaciones a Cancún o de luna de miel a París. Teníamos media docena de tarjetas de crédito en la billetera y una capacidad de endeudarnos en pos del buen vivir que no conocieron ni nuestros padres los hippones, ni nuestros abuelos los tangueros, ni nuestros bisabuelos los inmigrantes.

El límite de compra de Mastercard y los créditos hipotecarios baratos parecían no tener fin.

Y nos casamos.

La crisis del 2001 sorprendió a muchos en plena comezón del séptimo año. Con índices de desempleo crecientes, contratos de trabajo precarizados, industrias paradas, panorama económico con pronóstico reservado, plazos fijos congelados, corralito, devaluación y matrimonios desgastados.

Y así nos fue.

El gobierno de “Él” (aquel al que no se puede nombrar, como si fuera un personaje de Harry Potter) trajo consigo, no se puede negar, un crecimiento económico que hacía años que no se veía. Y muchos de nosotros, los divorciados de la generación De la Rua, decidimos salir a rehacer nuestras vidas. Pero pronto vino Cristina, el populismo, la gran división nacional, la guerra por el control de los medios, las batallas contra el campo (o contra la justicia, o contra el enemigo de turno), la ciencia ficción del Indec, los malos modales de Moreno, las estatizaciones, los “para todos y todas”, la militancia beligerante -unida y organizada-, 678, la economía al borde del alto total, el control cambiario (y el triste regreso del mercado paralelo), la inflación negada en voz alta y la devaluación sobre la que todos hacen silencio.

Como para recordarnos amablemente que nuestraa argentinidad al palo está signada por la inestabilidad, por el misterio de lo impredecible, por la adrenalina de la falta de rumbo, por el miedo a la oscuridad.

Igualito que nuestras vidas amorosas.

 

 

 

 

 

Nota del autor: Este texto es una reescritura de otro similar, publicado en el 2009 como primer capítulo de la novela “Hablalo con mi abogado”. Hacer la actualización no fue difícil, la insólita teoría sigue igual de vigente.

 

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