Teatro / 22 de febrero de 2013

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Sergi López multiplicado

“Non Solum”, de Sergi López y Jorge Picó. Con Sergi López. Dirección: Jorge Picó. Timbre 4, México 3554.

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Si se repara en la extensa y prestigiosa carrera cinematográfica del actor catalán Sergi López (1965), es fácil advertir el amplio arco expresivo de un sólido intérprete, capaz de corporizar desde un benévolo y tierno enamorado como el personaje del film francés “Una relación pornográfica”, hasta el temible y sanguinario militar del “Laberinto del fauno”, por mencionar solo algunas de sus brillantes caracterizaciones para la pantalla grande.

Quizás por eso la extraordinaria ductilidad física y expresiva que exhibe en “Non solum”, el unipersonal que ofreció en Buenos Aires dentro de la denominada “Semana Catalana en Timbre 4”, coescrito con su ex compañero de la célebre Escuela Internacional de Teatro de Jacques Lecoq, en París, donde aprendió las técnicas del gesto, mimo y movimiento, confirma la absoluta certeza de estar ante uno de los mejores actores de su generación, a nivel mundial.

En esta suerte de comedia salvaje sin trama específica (una sucesión de escenas imposible de describir), López se pone en la piel de una treintena de personajes, que resultan ser todos parecidos entre sí, vaya paradoja; la risa cabalga entonces sobre el escalofrío. Porque cada uno de ellos atraviesa la vulnerabilidad y el ridículo existencial de un siglo que avanza tecnológicamente a ritmo acelerado, pero que con igual ímpetu parece precipitarse hacia su propia destrucción.
El protagonista se desdobla en clones de diferentes rostros y cuerpos de manera prodigiosa, con apenas un parpadeo o inflexión vocal: un plomero, una señora voluptuosa, un inmigrante negro, etc. Cada uno de ellos en la búsqueda empecinada, absurda y desesperada de encontrar sentido a una vida que sólo a simple vista parece cotidiana. Por eso, el humor resulta el mejor envoltorio para enfrentar situaciones ridículas y ambiguas. Tanto sea escapar del espacio escénico y camuflarse entre los espectadores o eludir cualquier efecto sonoro con onomatopeyas.

En definitiva, tal cantidad de seres habitando el espectáculo, detrás de la hilaridad y bonhomía, provocan una sana reflexión colectiva sobre las diferencias de la especie humana que, mal que nos pese, aún dominan el devenir de su historia. A sabiendas de parecer reiterativos, hay que reconocer que semejante propuesta solo la puede sostener un comediante capaz de ser uno o miles, con igual grado de compromiso e intensidad. Y, un dato no menor, la inteligencia de reírse de sí mismo.

Las exitosas funciones de este sensacional trabajo exigen que la presencia teatral de Sergi López en la Argentina se multiplique de forma más continua. Sus admiradores y el teatro porteño estarían más que agradecidos.

 

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