Teatro / 1 de marzo de 2013

teatro

Las máscaras de Martín Bossi

“El impostor apasionado”. Con Martín Bossi y elenco. Dirección: Emilio Tamer, Manuel Wirzt y Evelyn Bendjeskov.
Astral, Corrientes 1639.

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La proyección inicial de imágenes muestra a un pequeño que, disfrazado de El Zorro, intenta capturar sin éxito la atención de un grupo de niñas. En una suerte de nostálgica autobiografía, que luego abarca no solo su infancia, sino también la adolescencia y la juventud, Martín Bossi expone la difícil secuencia de obstáculos que debió atravesar para imponer su hoy reconocida capacidad histriónica. Incluso revela que, sin la ayuda indispensable y alentadora de un severo y añoso docente ruso de teatro, sus múltiples disfraces no hubieran trascendido.

Quizás sin proponérselo, este contrapunto entre la eterna inseguridad y timidez de los actores y el necesario empujón para superarlas, invita a reflexionar acerca de la ambivalencia que debe transitar cualquier intérprete artístico a lo largo de toda su carrera.
Sobre esta pequeña pero aleccionadora anécdota, el nuevo music hall humorístico “Martín Bossi, el impostor apasionado”, estrenado en Mar del Plata el verano pasado, resulta la continuación lógica de “M, el Impostor” obra con la que el actor convocó a más de 210.000 espectadores. La suerte lo acompaña: al igual que su predecesor, este espectáculo, ahora instalado en la cartelera porteña, ocupa el primer puesto entre los cinco más vistos. Nada menos.

Acompañado por gran orquesta en vivo, compuesta por diez instrumentistas (esencial para la propuesta, debido a la numerosa cantidad de caracterizaciones de figuras de la música nacional e internacional), un enérgico cuerpo de baile que hace lucir las vigorosas coreografías de Alejandro Lavallén, más una imaginativa puesta en escena apoyada en recursos lumínicos y visuales, el show cumple con creces el objetivo de entretener. De esta manera, sobre el escenario desfilan a ritmo delirante desde Ricky Martin, Cacho Castaña, Andrés Calamaro, Charly García, Joaquín Sabina y Fito Páez (estos últimos, en un logrado dúo gracias al efecto multimedia), hasta Marcelo Polino, por mencionar solo algunos, donde Bossi despliega su agudo poder de observación al realizar un calco perfecto y detallista de los gestos y las inflexiones vocales de cada uno de los mencionados.

Sin embargo, lo más llamativo es cuando la imitación prescinde de postizos, pelucas, maquillaje o vestuario y, a cara lavada, emerge el personaje con igual potencia. El mejor ejemplo es la aparición de Sandro sin ningún aditamento: la voz del “gitano” se mezcla y funde con los recuerdos, otra vez proyectados, de la niñez.
Finalmente, hay una certeza, porque sabemos lo que le deparó el destino a aquel infante: sus máscaras, merecidamente, se han popularizado. Por cierto, párrafo aparte merece la sorprendente actuación de Manuel Wirtz como el profesor citado.

 

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