Opinión / 15 de marzo de 2013

Cristina se tiende una trampa

La “democcratización judicial” que planea la Presidenta podría contrariar las intenciones del kirchnerismo.

En el mundo mágico de Cristina, el tiempo se detuvo el anochecer del 23 de octubre del 2011, justo cuando, según el INDEC electoral, el 54 por ciento de los votantes terminó por darle su apoyo. Desde entonces, nada ha cambiado. Cristina es pueblo. Encarna la voluntad popular. Puede hacer lo que se le antoje. Los cacerolazos multitudinarios, el desastre ferroviario de Once, el desplome de su rating en las encuestas, el parate económico que apenas se ha iniciado, la huida despavorida de empresas gigantescas como la Vale brasileña, la indignación causada por el pacto con el vil régimen iraní, solo se trata de episodios anecdóticos ajenos a la realidad real que es la de la Presidenta.

Es en base a esta convicción que Cristina se ha propuesto “democratizar” la Justicia, arrancándola de las manos sucias de la corporación judicial para que por fin la gente tenga la última palabra. Da por descontado que quienes presuntamente la votaron casi un año y medio atrás –el ex ministro de Economía, Roberto Lavagna, dice que el resultado oficial de la contienda fue fraudulento–, la ayudarán a llenar el Consejo de la Magistratura de cristinistas incondicionales, personas tan leales y tan serviciales como los muchachos y muchachas de La Cámpora, aquellos legisladores obedientes que aprueban cualquier proyecto que se le ocurre enviarles y los abnegados aplaudidores empresariales que, como muñecos de resorte, se ponen de pie para celebrar sus ocurrencias. En tal caso, la presidentísima no tendría motivos para preocuparse por el futuro que, dicen los reaccionarios, sí vendrá y que, para ella y sus cortesanos, podría resultar ser decididamente sombrío.

Desgraciadamente para Cristina y sus acompañantes, el pueblo es veleidoso por naturaleza. Se niega a entender que el país entró en el freezer el día en que Cristina barrió con la oposición. Propende a cambiar de opinión. Con cierta frecuencia, el caudillo todopoderoso, amo y señor del país, se ve transformado de la noche a la mañana en un impresentable. Si no lo creen los miembros del círculo áulico de Cristina, que pregunten al compañero Carlos Menem.

No es del todo inconcebible que, de ponerse en marcha el proceso democratizador impulsado por Cristina, la mayoría elija no solo a partidarios de la mano dura con delincuentes e incluso de la pena capital, sino también a quienes se hayan comprometido a asegurar que todos los señalados como corruptos, comenzando con la mismísima Presidenta, sean condenados a muchos años de cárcel, que la mutual que se llama La Cámpora sea declarada una asociación ilícita, que los terroristas de la década de los setenta del siglo pasado paguen por su aporte a la guerra sucia como ya han hecho los milicos y así, largamente, por el estilo. ¿Será el pueblo del 2014 idéntico a aquel del 2011? No hay motivo alguno para creerlo.