Blogs / 18 de marzo de 2013

El crimen de la bañadera

En 1989 dos primas fueron halladas muertas en el interior de la bañadera de la casa de una de ellas. ¿Lesbianismo y pacto suicida? ¿Un homicidio en ocasión de robo? ¿Quizás un crimen pasional?

Irma Beatriz Girón (21) y Gloria Fernández (15) eran primas. Irma vivía en la localidad de Florida, en Vicente López, en un departamento que alquilaba sobre la calle Melo. Una noche de abril de 1989, las primas se juntaron en la casa de Irma para trabajar: habían comenzado un pequeño emprendimiento de arreglos florales y tenían una entrega para la mañana siguiente.

Al cabo de tres días, la vecina que le alquilaba el departamento, alertó a la policía por un extraño y nauseabundo olor que provenía de la casa de Irma. La escena era propia de una película de terror: ambas mujeres yacían desnudas en el interior de la bañadera, enfrentadas en esquinas opuestas, como si estuvieran observándose. Lo que más llamó la atención fue el avanzado estado de descomposición que presentaban ambos cadáveres. Al consultar por la última vez que habían sido vistas con vida, la vecina recordó que tan solo tres días antes, Irma había tocado a su puerta para pedirle el teléfono. Su prima se sentía mal y querían llamar a una ambulancia.

Las hipótesis y teorías comenzaron a dibujarse con esa primera pista. En el hospital de Vicente López, desde donde salió la ambulancia que asistió a Gloria hacía pocos días, comentaron que acudieron a un llamado por un cuadro febril leve que atendieron sin mayor gravedad. Desechada la posibilidad de alguna causa de muerte natural, la investigación se hizo más exhaustiva a medida que los días avanzaban: se investigó el entorno de las víctimas, se teorizó sobre la posibilidad de que ambas fueran lesbianas y que quizás esto fuera un pacto suicida, se analizó si las víctimas tenían enemigos, si estaban vinculadas a las drogas y esto era un ajuste de cuentas … y nada lograba aclarar el panorama. Lo que más preocupados tenía a los forenses fueron los resultados que arrojaron las autopsias: ninguna tenía una sola lesión, ni sufrían ninguna enfermedad, ni siquiera habían sido ahogadas, drogadas o violadas. Además, el estado de descomposición que ambos cuerpos presentaban, a través de la fauna cadavérica que se analizó, era tan avanzado que la certeza de que solo habían pasado tres días desde su muerte era simplemente insólita.

La cadena de situaciones escalofriantes recién comenzaba. El juez de la causa, el Dr. Raúl Casal, titular del Juzgado Penal de Instrucción N°2, decidió volver a analizar la escena del crimen en busca de algún dato que hubiera sido pasado por alto. Ingresó a la vivienda que hacía 5 meses había sido el escenario del macabro hallazgo. Asqueado, no pudo dar crédito a lo que veía: la bañadera estaba nuevamente llena de una gran cantidad de gusanos cadavéricos. Se llamó de urgencia a una nueva reunión con los especialistas y forenses para determinar qué era lo que estaba ocurriendo. Se supuso que podría haber habido una gotera, que la cañería podría haber estado tapada y que la bañadera, en definitiva, no habría sido del todo desinfectada. En silencio, nada de esto era creíble para ninguno de ellos. Este nuevo y extraño episodio “despertó” la causa nuevamente.

Un médico legista de la Policía Federal, contrastó los casos de las primas con otros preexistentes en el mundo: la meta era encontrar la causa de la descomposición de los cuerpos. Investigando, llegó hasta el FBI, a quienes consultó sobre este hecho. Así fue como le comentaron un caso similar en Canadá, donde dos personas habían sido inyectadas con el veneno de la víbora Mamba, originaria de África. La principal cualidad de este veneno era la rapidez con la que descomponía a sus víctimas. Volviendo sobre sus pasos, los investigadores recordaron que el novio de la mayor de las primas trabajaba en un laboratorio de especialidades medicinales donde, para mayor sorpresa, había un serpentario con dos especímenes de la víbora Mamba. Rápidamente, se dispuso la detención del primer sospechoso: pero el joven se había ido y nadie, absolutamente nadie, sabía de él. Al mismo tiempo, el juez también ordenó una nueva pericia a los corazones de ambas víctimas, que estaban guardados en formol en la morgue de La Plata. Pero cuando fueron a buscarlos habían desaparecido.

Nadie nunca sabrá qué pasó ni por qué las mató. Y sobre todo, nadie nunca sabrá cómo lo hizo. Un crimen impune con rasgos propios de un cuento de terror inconcluso.

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