Mundo / 21 de Marzo de 2013

perspectiva sobre la crisis global

El relato de Brasil

La economía más fuerte de la región podría tambalear si no se inserta de forma adecuada en el mapa productivo del mundo.

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En Brasil, las fuerzas gubernamentales, después de que se precipitaron en la campaña electoral, regresaron al diapasón antiguo: comparar los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT) con los del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). ¡Llega a ser enfermizo!
¿Será que no saben mirar para adelante? Las coyunturas cambian. Lo que es posible hacer en una fase dada no se puede hacer en otra; las políticas pueden y deben perfeccionarse. No obstante, en la lógica infantil prevaleciente, en lugar de preguntar qué cambió en el país en cada gobierno, en qué dirección y con qué velocidad, se hacen comparaciones sin sentido y se imaginan que todo empezó de cero en el primer día del gobierno de Lula.

En la cartilla de exaltación de los 10 años del PT en el poder, con cubierta al estilo del realismo socialista en la que Dilma y Lula aparecen retratados como las dos caras de una misma criatura, la historia se reescribe para hacer que las estadísticas hablen como les interesa a los dueños del poder. Nada nuevo bajo el sol: solo hay que recordar los museos soviéticos, donde se borraban de las fotos los rostros de los ex camaradas caídos en desgracia. El PSDB no debe de caer en esas trampas. Es mejor mirar de frente y dejar las provocaciones a quien guste de ellas.
En cuanto al futuro, el gobierno está demostrando miopía estratégica. Después de cuatro años iniciales de consolidación de la herencia bendita, la política económica tuvo que reaccionar al violento impacto de la crisis del 2007 y el 2008. Fue necesario expandir, sin más demora, el gasto público, desahogar a los sectores productivos, ampliar el crédito a través de los bancos públicos, etcétera. En situaciones extraordinarias, medidas extraordinarias.

Pero la pipa fue torciendo la boca: La discrecionalidad gubernamental se volvió regla desde entonces. Con eso, la credibilidad del Banco Central fue puesta en jaque, así como la transparencia de las cuentas públicas. Aumentaron las dudas sobre la inflación futura y sobre el compromiso del gobierno con la responsabilidad fiscal.
No hay que exagerar en la crítica. Por ahora, el tren no ha descarrilado. Pero las señales que aseguraban el crecimiento con estabilidad (tipo de cambio fluctuante, metas inflacionarias y responsabilidad fiscal), aunque siguen en pie, cada vez se vuelven referencias más lejanas. La máquina gubernamental está descompuesta, como lo siente el mismo gobierno, y su incapacidad para repararla es preocupante.

Los expedientes utilizados hasta ahora con el propósito de acelerar el crecimiento no produjeron casi nada: el “PIBecito” –el pequeño PIB (producto interno bruto)–. En el ansia de acelerar la economía, el gobierno besó la cruz y apeló a las concesiones (puertos, aeropuertos, carreteras) e incluso la privatización (de partes de la distribución eléctrica, por ejemplo). Pero la visera ideológica, el hábito de encerrarse en pequeños grupos, la precariedad gerencial, no permiten dar efectividad a decisiones que lastiman el corazón de sus creencias arcaicas.

En el mundo. En tanto China siga impulsando las exportaciones de materias primas y de alimentos, todo se va arreglando. Pero aun así, la producción industrial se vuelve menos competitiva y pierde importancia relativa en el proceso productivo. La balanza comercial ya dejó de estar desahogada pero con el financiamiento extranjero, las cuentas van cerrando. En el corto plazo todo va bien. En el plazo más largo, vuelve a preocupar el fantasma de la “vulnerabilidad externa”.

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