Opinión / 27 de marzo de 2013

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Aquella maestra generosa

Homenaje a la periodista fallecida Susana Viau, en el recuerdo de quien aprendió de ella la pasión del oficio. Ejemplo y gratitud.

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Luchadora. Los detractores de Susana Viau priorizaron la rivalidad chiquita a su grandeza. Un símbolo del periodismo profesional.

Susana Viau murió a los 68 años. Tenía la edad de mi madre. Seguramente era mucho más joven de lo que yo la recordaba. Pero como las imágenes de la juventud, en general, se guardan distorsionadas, para mí ella siempre fue una mujer madura. Quizás porque cuando la conocí, hace 25 años, tenía más arrugas de las esperadas para su edad, como buena militante intelectual de los ’70 poco afecta a las cremas antiage. O bien porque, en aquellos tiempos de estudiante irreverente, un maestro con mayúsculas era eso: una persona entrada en años a la que se interpelaba en busca de su pasado para luego adentrarse en el presente.

Susana fue mi maestra en TEA en segundo año. Estaba a cargo de la materia “Entrevista” y dio la única clase que jamás olvidaré. Contó, una tarde, el derrotero de un periodista que infructuosamente había intentado entrevistar al ex líder palestino Yasser Arafat. O sea, la nota de la nota que no fue. No recuerdo el nombre del colega, intuyo que era un periodista famoso. Pero sí a ella, sentada, leyendo esta historia magistralmente escrita. Nos tenía cautivados. Su voz cascada, a veces demasiado baja, alimentaba el mito de la mujer que teníamos enfrente. Alguien me había soplado al oído esa parte de su curriculum que no aparecía en los papeles oficiales –en aquella época era periodista de Página/12– y que solo se transmitía en los recreos, de boca en boca: lucha política, exilio, resistencia, secretos, coraje. Sus dedos amarillentos, ya en ese entonces percudidos por el roce letal de los Parisienne, le daban un aire de mujer valiente. Todo eso se mezclaba con el inasible Arafat en aquella clase mágica.

Elegí a Susana para que me entregara el diploma de egresada 1991. Pero, ese día, ella no llegó a tiempo. Era parte del riesgo: ya me había acostumbrado a convivir con sus bien conocidas distracciones para poder tenerla cerca. Algunos años después, también tuve que esperarla en una mesa del bar Británico, en San Telmo, donde nos encontrábamos a tertuliar sobre periodismo. Llegaba apurada y pidiendo disculpas. Prendía un pucho, un café, y ahí estaba. Tan grande, tan generosa, tan mundana, hablando conmigo de igual a igual. Y yo, tan pequeña, absorta, escuchando cómo la mismísima Susana Viau fantaseaba con un libro escrito a dúo.

Me enteré tarde que había muerto. Media hora antes de que se la llevaran al cementerio de la Chacarita. No sabía que su cáncer tenía tanta urgencia. Hacía muchos años que habíamos perdido el contacto. La seguía en los últimos tiempos por sus artículos en Clarín, donde había perfeccionado su pluma implacable y su humor corrosivo. Mientras caminaba a paso apurado por la Avenida de Mayo, hacia el velatorio, supe lo importante que había sido en mi vida. No fuimos amigas ni confidentes. Pero ella me dio lo que no se estudia en ninguna parte: pasión y confianza en mí misma. Y también un horizonte.

Vi con tristeza cómo Página/12 había relegado su obituario a una brevísima columna a la izquierda, en página impar. Y que el final de la fría crónica era: “Terminó su carrera en el multimedios Clarín”. Me pregunté cómo un diario al que ella había entregado parte de su vida –terca y rica en convicciones– podía despedirla con esa frase mezquinamente coyuntural. Cómo sus detractores, ayer amigos, que en el último tiempo la habían defenestrado por sus críticas al kirchnerismo, priorizaban la rivalidad chiquita a la grandeza de un ser íntegro. ¿Cuál es el valor de una trayectoria coherente en la que siempre eligió como enemigos a los más poderosos?

Me reproché no haberle dicho a tiempo “gracias por todo”. Cuando comencé a subir las escaleras donde la estaban velando, anunciaron que había que despedirse. Esperé lejos de la intimidad de esa muerte que me afectaba tanto. Pude agradecerle, un poco, apoyando mi mano sobre el cajón que pasó delante mío en la escalera. Y otro poco con este homenaje de alumna a maestra, convencida de que con Susana Viau se está yendo una parte de mi historia.

*Editora de Información General.

 

3 comentarios de “Aquella maestra generosa”

  1. Una historia para guardar, lo mejor de todo lo que leí sobre su muerte. Gracias María Fernanda por abrir tú corazón de esta forma, seguramente se le debe haber caído una lágrima también a Susana.

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