Showbiz / 22 de Abril de 2013

Nueva moda en el cine

Pros y contras de volverse 3D

El negocio de reconvertir y reestrenar viejos éxitos, pero en tres dimensiones. Los clásicos de la pantalla, una inversión segura.

Por

la clave. Convertir una película tradicional a formato 3D es mucho más barato que producir una nueva.

Casi todo hoy es 3D. En realidad, no, pero sí es cierto que los mayores negocios cinematográficos del último lustro lo incluyen. La estereoscopía –ver una imagen plana y percibir la misma “profundidad” que vemos en la vida cotidiana– es tan vieja como la fotografía, de la segunda mitad del siglo XIX. Y las películas estereoscópicas tienen su fecha de estreno a todo fuego artificial en 1953, con “Museo de cera”, de André de Toth. Después, si bien el propio Alfred Hitchcock llegó a utilizarlo (en la copia americana de “La llamada fatal”, de 1954), la “película con anteojitos”, imperfecta y generadora de innumerables cefaleas, fue un agregado, un artilugio al que de tanto en tanto se volvía en producciones clase B, especialmente de terror.
El principio físico de la estereoscopía cinematográfica no ha cambiado, pero gracias a las computadoras y a los procesos digitales, aquello que necesitaba una engorrosa cantidad de película (había que filmar cada toma desde dos puntos de vista diferentes) mejoró tanto que hoy es posible incluso con cámaras caseras y celulares. No hay cinematografía que no la ensaye; incluso la argentina, que ya tuvo films animados (el primero, “Boogie el aceitoso”, de 2009) y ficciones (“La pelea de mi vida”, de 2012) con el sistema. El motivo por el cual el cine en 3D es un gran negocio es simple: la entrada sale más cara; se justifica el incremento en el uso de los anteojos imprescindibles para ver estas películas. Así hoy, en el Hoyts Abasto, una entrada para adulto, para película en 2D, sin descuentos, cotiza en 46 pesos; la misma entrada pero para film 3D cuesta 54 pesos.
En los Estados Unidos, el crecimiento de entre un 8% y un 12% anual en la cantidad de dinero que recaudan los cines en el último trienio tiene como base no sólo un ajuste por inflación sino también el amplio desarrollo del 3D. Es decir: no va sustancialmente más gente al cine sino que las entradas son más caras. Por otro lado, la tecnología 3D hogareña no está suficientemente extendida. Los equipos son caros y no todo el mundo tiene acceso a ellos. Tras la crisis que representó a principio de siglo la competencia del cable y el pay-per-view –que, en algunos casos, ofrecía films en simultáneo con el estreno en salas en HD–, recurrir al 3D implicó darle al espectador una experiencia sensorial a la que no podía acceder en su hogar. Que la mayoría de los films estereoscópicos está diseñada para públicos familiares es lógico: se trata de producciones caras y un target amplio permite amortizarlas mejor y más rápidamente. Por otro lado, la creación de imágenes de síntesis y la manipulación digital necesaria para crear el fotograma gemelo que produce la sensación de profundidad vuelve especialmente sencillos de llevar al 3D a los films de animación o con muchos efectos especiales.
Volver a la pantalla. Eso explica también el relanzamiento en 3D de una gran cantidad de films: la conversión vuelve a otorgarles vigencia en salas a los grandes espectáculos y ocupar pantallas con una inversión menor que producir un film nuevo. Tomemos dos casos emblemáticos: “Titanic” fue la película más recaudadora de la historia y había llegado a vender, en todo el mundo, poco más de 1.800 millones de dólares en entradas.

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