Arte / 17 de Mayo de 2013

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Resiste la pintura

Hernán Salamanco en Zlymund. Mariano Molina en Quimera.

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Ante el avance de los nuevos medios, a veces parecería que la pintura fuera un ejercicio del arte algo remoto. Sin embargo, una mirada a la agenda de exhibiciones de Buenos Aires confirma que la pintura resiste. Empecinados, los artistas pintan, aunque con cepo cambiario y reglas económicas poco claras el mercado ni la política cultural oficial los premia. Ni qué hablar de la moderada cotización de los artistas locales versus los brasileños (ver recuadro). Igual, “Viva la resistencia” sostiene Juan Becú (Centro Cultural Recoleta, Junín 1930), jugando con huellas de cierta figuración y trazos de abstracción, celebrando gozosamente la pintura que salta al espacio hasta transformarse en escultura.

Con variedad de registros y sensibilidades, se multiplican las exhibiciones que tienen a la pintura como protagonista, como las de Juan Stoppani en Espacio American Express; Ana Casanova en galería Van Riel; Sonia Decker en Menéndez Libros; Dante Litvak en galería Gachi Prieto; Carla Benedetti en “Mitos y sincretismos”, en Fondo Nacional de las Artes; Delfina Bourse en Palatina. En “Fronterizo y traslación”, en la espléndida nueva galería ZavaletaLab (Defensa 269, 2° 12), Mónica Girón reúne piezas de diversas series, que incluyen tanto volúmenes de piedra como acuarelas, reflejando un refinamiento formal equiparado con su acierto conceptual.

Los desplegables que acompañan las muestras de galería Zlymund (Bonpland 721) están doblados; quedan como tapa de cuaderno escolar (¿norteamericano?) con etiqueta que dice “Composition”. Es que para las directoras Nat Sly y Larisa Zmud el concepto de composición es central, no solo como estructurante de la obra sino del quehacer de la galería, que abrió hace más de un año en Chacarita. Las galeristas hasta se ofrecen para “componer” la ambientación donde estará colgada la obra tras su venta. La sugerente muestra de Hernán Salamanco es la “composición” número nueve. Se trata de “Vida espiritual”; son pinturas de tierna apariencia inspiradas en fascículos homónimos de 1939 escritos por Constancio C. Vigil, con consejos e ilustraciones para chicos. Seductoras, las obras de Salamanco tienen algo fantasmal, como si flotara una ausencia. ¿Es la inocencia perdida?

Mariano Molina, reconocido por sus asombrosas e ilusorias pinturas, exhibe en Quimera del Arte (Humboldt 1981). En “Acto reflejo”, Molina trabaja con fotografías propias o ajenas, que modifica digitalmente y despoja de su carga simbólica y contexto original. Aun antes de su colaboración en Inglaterra sobre la percepción visual con el neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga, que sostiene que “los ojos comunican señales en código binario y luego el cerebro crea las imágenes”, el artista ya reemplazaba las presencias por múltiples sombras de colores, o blanco y negro, convirtiéndolas en registros pictóricos atractivos y borrosos, quizá sumando entramados con círculos o cuadrados, que las ocultan y, a la vez, las descubren; con texto de Diana Wechsler.

 

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