Costumbres / 24 de Mayo de 2013

Primeras damas

el glamour del poder

Amadas criticadas, su brillo llega a opacar el poder de sus maridos. Imponen estilo, influyen en política y tienen rango de estrellas.

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Amadas criticadas, su brillo llega a opacar el poder de sus maridos.

En 2005, Michelle Obama era la jefa de su hogar: ganaba más de 300.000 dólares anuales. Justo el doble que su marido que recién iniciaba su carrera como senador. Años más tarde, cuando se disponía a mudarse a la Casa Blanca, recibió del otro lado del Atlántico un sabio consejo. “Desde ahora deberá aprender a tomarle el gusto al asiento de atrás, no solo en público sino también en privado’. La consejera era Cherie Blair, la esposa del ex Primer Ministro del Reino Unido, Tony Blair, quien experimentó en carne propia los avatares “segundones” que trae aparejado el título de Primera Dama. Una investidura que les impone acompañar como una sombra al marido, manteniendo la casa en orden, cultivando una sonrisa a prueba de escándalos y adhiriendo, como mucho, a algún proyecto social que las destaque sobre sus predecesoras.
Pero las primeras damas de hoy no son mujeres sencillas. No tienen ni el ánimo ni la educación para quedarse quietas a la sombra de sus maridos. Mujeres con vida propia sometidas al escrutinio constante de la mirada pública, sin siquiera pensarlo, pueden terminar convertidas en candidatas.

Banda para dos. Apenas aterrizada en la Casa Blanca, la señora Obama intentó alejarse de la imagen de eximia abogada de Harvard y Princeton para convertirse, según sus propias palabras, en una “Mom-in–chief” (“madre en jefe”). Dedicada a sus dos hijas, según un libro biográfico sobre Carla Bruni, Michelle supo confesarle a la mujer del ex presidente Nicolas Sarkozy que, “ser primera dama es un infierno”.
En su segunda vuelta como acompañante presidencial, decidió darle un nuevo packaging a su imagen. Todo comenzó el pasado 19 de febrero, justo tres días antes de la toma de posesión del segundo mandato, cuando cumplió 49 años y lo celebró inaugurando su cuenta oficial de Twitter. Allí “posteó” una foto luciendo su recién cortado flequillo (del que ya se aburrió debido a su “alto mantenimiento”). Mientras que ella lo atribuyó a una crisis de la mediana edad, la prensa interpretó su nuevo look como una señal crucial del nuevo rumbo que le imprimiría a su persona. No ha sido casualidad que el propio Barack Obama, en un alarde de comicidad, durante la cena de corresponsales de la Casa Blanca, mostrase fotomontajes de sí mismo con flequillo –“para dar aire fresco a mi segundo mandato decidimos echar mano de alguno de los trucos de Michelle”, afirmó–. Trucos de una mujer que ya había captado la atención haciendo flexiones junto la conductora Ellen de Generes. O moviendo sus caderas junto al cómico
Jimmy Fallon para su “Mommy Dance”, su programa de lucha contra la obesidad infantil. O haciendo una aparición estelar en la ceremonia de los Oscar, anunciando la mejor película. O apareciendo por segunda vez en la portada de la revista Vogue, definitivamente entronizada como reina de estilo (un estilo construido con marcas populares y mucho desenfado). Pero además de las altruistas actividades que se esperan de una primera dama, también se ha manifestó sobre el tema del control de armas y declaró su apoyo a Jason Collins, el jugador gay de la NBA, acciones que la alejan del lugar políticamente correcto de su función. Con una aprobación del 73% entre los estadounidenses (supera en 20% a su marido), se rumorea que quizás albergue aspiraciones políticas para cuando Barack deje el cargo en 2016.

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