Teatro / 24 de mayo de 2013

teatro

Una memorable Blanca Portillo

“La vida es sueño”, de Calderón de la Barca. Con Blanca Portillo, Marta Poveda, David Lorente y elenco. Dirección: Helena Pimenta. San Martín, Corrientes 1530.

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Fue Sigmund Freud, a través de su labor de investigación, quien se encargó de seguir la pista de la jerarquía que los sueños tienen en el desarrollo de la personalidad. El austríaco, una de las mayores personalidades intelectuales del siglo XX, los ordenó en una especie de nomenclatura simbólica, para poner en evidencia que todas las emociones e ímpetus atenazados, afloran en la mente humana cuando uno duerme.
Tal vez la obra de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) no haya escapado a los desvelos científicos del padre del psicoanálisis, puesto que la especie humana sigue siendo la misma. Y la materia de la que están hechos los sueños, continúa siendo prácticamente insondable.

Bajo la mirada del prolífico autor (se dice que un inventario de su producción dramática atestigua 110 comedias y 80 autos sacramentales, loas, entremeses y otras obras menores) la trama recorre las complejas vicisitudes de la joven Rosaura (Marta Poveda), quien disfrazada de hombre y acompañada por su escudero Clarín (David Lorente), llega hasta la corte de Polonia para vengarse de su prometido Astolfo (Rafa Castejón), sobrino del rey Basilio (Joaquín Notario). Allí, en una cárcel, escondido, encuentran a Segismundo (Blanca Portillo), hijo y prisionero del monarca. El soberano, al percatarse que han descubierto el encierro de su primogénito, decide comprobar, mediante un engaño, si este es cruel y lo hace trasladar dormido al palacio para que pueda creer que su destino es otro. Segismundo recobra la conciencia, se transforma en un tirano, comete desmanes e intenta forzar a Rosaura. Al advertir su conducta arbitraria, Basilio vuelve a narcotizar a su hijo aunque ya es tarde. El pueblo sabe que existe un príncipe, organiza una sedición, libera al heredero y en un cruel enfrentamiento, las tropas del emperador son derrotadas. Cuando padre e hijo se enfrentan, Segismundo se postra ante su progenitor para enfrentar su futuro y recibe el legado del trono.

Semejante clásico requiere de un elenco numeroso y entrenado en la exigencia del verso barroco español. Si bien por momentos la marcada dicción castiza dificulta para nuestros oídos latinos la percepción correcta de las palabras, los resultados son superlativos y la figura de Portillo (a quien conocimos como protagonista de “La hija del aire”, dirigida por Jorge Lavelli) se transforma en el mejor Segismundo que ha podido ver quien escribe estas líneas y se impone, inmensa, ante el resto de sus compañeros. Helena Pimenta dirigió con imaginación e inteligencia y son destacables todos los rubros técnicos, en especial, la iluminación de Juan Gómez Cornejo.

 

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