Opinión / 11 de Junio de 2013

Estados alterados

Paciente. Scioli espera su turno en el 2015 y aspira a suceder a Cristina, aunque la Presidenta no le confía y lo reta en público.

Ilustración: Pablo Temes.

Por ser la Argentina una monarquía casi absoluta en que tanto depende de la voluntad de una sola persona, lo que está sucediendo en la cabeza de Cristina es un asunto de gran importancia. ¿Está tan “alterada psicológicamente”, como aventuró hace poco el ex presidente Eduardo Duhalde, un observador astuto, si bien interesado, del interminable melodrama político nacional, que una derrota en las elecciones legislativas de octubre le haría perder los estribos, una eventualidad que a su juicio tendría consecuencias nefastas “porque no tenemos vicepresidente”? ¿O sería que la señora a veces opta por brindar la impresión de estar a punto de estallar de furia por entender que tratar a personajes como Daniel Scioli y Sergio Massa como si fueran escolares díscolos la ayudaría a disciplinarlos, además de asegurarle el apoyo fervoroso de los muchos que temen que la alternativa al gobierno actual sería una gélida tiranía neoliberal que los despojaría de lo poco que tienen?

Sea como fuere, los preocupados por el futuro del país no pueden darse el lujo de pasar por alto las vicisitudes del estado de ánimo de Cristina. Aunque nadie la cree “una idiota”, muchos la consideran proclive a oscilar entre la depresión y la euforia, tema este que en una oportunidad llegó a la atención del gobierno norteamericano que, como otros, se sentía desconcertado por su forma muy extraña de gobernar la Argentina.

Pues bien: si Cristina reacciona frente a las malas noticias exhortando a sus simpatizantes más fanatizados a contraatacar por todos los medios, nos aguarda una etapa convulsiva. Si prefiere tranquilizarlos, señalándoles que en una democracia es perfectamente normal que un gobierno de un signo determinado se vea sucedido por otro distinto, se difundiría la sensación de que el ciclo kirchnerista ya ha llegado a su fin, lo que le provocaría tantos problemas que no le sería del todo fácil mantenerse en el poder hasta diciembre de 2015. Puesto que la economía está deslizándose con rapidez hacia otra de sus crisis ya rutinarias, podría producirse nuevamente una situación comparable a la que siguió a la implosión de la convertibilidad. Aunque la fragmentación crónica del mundillo político puede ser ventajosa desde el punto de vista del presidente de turno mientras conserve la autoridad necesaria para gobernar, significa que a menudo resulte tumultuoso el período entre el ocaso de un caudillo y el surgimiento definitivo de su sucesor.

Como afirma Duhalde, Cristina “no tiene contención”. No la tiene en parte porque su temperamento un tanto autoritario no lo permite, pero también porque un sector sustancial de la clase política nacional se resiste a ponerse a la altura de sus responsabilidades. A muchos profesionales de la política les resulta más cómodo limitarse a obedecer sin chistar las órdenes de arriba, por arbitrarias que fueran, de lo que sería intentar hacer un aporte más positivo. Por lo demás, suelen ser más “leales” hacia el líder máximo del movimiento al que se han plegado que hacia los valores democráticos. Nunca lo comprenderán, pero quienes obran así están traicionando a la jefa idolatrada privándola de los consejos ecuánimes que todo mandatario precisa. Para funcionar bien, el sistema democrático necesita contar con la colaboración activa de muchos miles de personas experimentadas que estén dispuestas a aprovechar plenamente su capacidad intelectual, a ser algo más que burócratas dóciles y asustadizos. El servilismo parasitario de tales sujetos está en la raíz de virtualmente todas las tiranías habidas y por haber; de no ser por ellos, el mundo sería un lugar decididamente mejor.

 

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