Salud / 11 de junio de 2013

Lucha contra el cáncer

Vacuna colaborativa

De origen argentino-cubano, alarga la sobrevida en tumores de pulmón. La clave: el trabajo entre los sectores público y privado.

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En el desarrollo participaron 90 científicos argentinos y hay 1.080 casos clínicos en siete países”. Hugo Sigman, fundador ID+i.

El cáncer de pulmón mata cada año a 9.000 argentinos. No es el que más incidencia tiene (se ubica cuarto, detrás del de mamas, próstata y colon), pero es el más letal. A partir de mediados de julio, un grupo de enfermos tendrá otra opción para tratar la enfermedad: una vacuna terapéutica desarrollada y fabricada por un consorcio público privado de investigadores argentinos y cubanos. Como complemento de las terapias convencionales (quimioterapia y radioterapia), en los estudios clínicos demostró triplicar la sobrevida de los pacientes con un tipo especial de cáncer de pulmón, el más frecuente, denominado “de células no pequeñas”, luego de un período de dos años. Lo llevó de un 8% a un 24%. Y, de acuerdo con los especialistas involucrados en el desarrollo, ya hay pacientes cuya sobrevida está en cuatro años.

Eso, como logro estrictamente científico-médico. Pero lo cierto es que, además, la vacuna ya está siendo puesta a prueba en siete países y patentada en la Argentina, Cuba, la Comunidad Europea y los Estados Unidos. Se empezará a vender en países como Brasil, México, India, Taiwán, Corea del Sur y Malasia, entre otros. ¿Cómo es que un desarrollo de dos países del sur del mundo se exportará ahora hacia el Norte, contrariamente a lo que suele suceder? ¿De dónde salieron los profesionales y los alrededor de 50 millones de dólares que costó crear, producir y probar la vacuna a lo largo de 18 años?

Hugo Sigman, CEO del Grupo Insud, y fundador del consorcio de Investigación, Desarrollo e Innovación (ID+i) que acaba de lanzar la vacuna, lo resume: trabajo conjunto entre el sector privado y el público, entre la ciencia básica y la ciencia aplicada, entre el laboratorio y el hospital, y la autofinanciación. “Nosotros no teníamos un grupo científico propio y por eso recurrimos al ambiente universitario y académico para armar uno. Así fue como nació el consorcio público-privado. Al principio, nosotros le pagábamos al Conicet o a la universidad de donde provenía el científico que se incorporaba a nuestro proyecto. Esto fue formando una red de intereses que creció a lo largo del tiempo, porque cuando los investigadores desarrollaban su trabajo no estaban compelidos a hacerlo en el terreno de la ciencia aplicada, sino que también fueron descubriendo y afinando conceptos de ciencia básica. De ese modo fue como desapareció la contradicción entre ciencia aplicada y ciencia básica”.

Trabajo Sur-Sur. Sigman es médico psiquiatra y fundó una farmacéutica hace 36 años. Fue hace 18 que comenzó a trabajar con especialistas cubanos en biotecnología para desarrollar la vacuna, dentro de un consorcio actualmente integrado por la Universidad Nacional de Quilmes, el Instituto de Oncología Angel Roffo, el Hospital de Pediatría Garrahan, el Conicet, la Universidad de Buenos Aires, el Centro de Inmunología Molecular de La Habana (CIM, en Cuba), y el laboratorio argentino Elea.
Como la vacuna no previene ni elimina los tumores (tampoco los reduce) pero sí alarga la vida de los enfermos, entra dentro del concepto de la “inmunoterapia activa”, que es inducir a que el propio cuerpo produzca anticuerpos para defenderse de los tumores. En la inmunoterapia pasiva, que tiene más años de establecida (caso de los anticuerpos monoclonales), los científicos producen la sustancia que actúa sobre los tumores y la insertan en el paciente.

Noticias: ¿Por qué se trabajó con Cuba?

Hugo Sigman: Cuba tenía un buen desarrollo en biotecnología, los cubanos habían invertido muchos recursos desde los años ´90. Me habían invitado porque estaban interesados en que nosotros le distribuyéramos algunos productos farmacéuticos porque nos especializábamos en productos biológicos. Me reuní entonces con el director del CIM, Agustín Lage Dávila, y comenzamos a trabajar en un medicamento genérico de un inmunosupresor que se usaba en el tratamiento de los trasplantes. Luego planteó el proyecto de la vacuna y nosotros nos entusiasmamos con la idea de hallar una terapia que pudiera ser más inocua para el enfermo, que estuviera dirigida al blanco que produce el cáncer sin atacar las células sanas.

Para leer la nota completa, adquiera online la edición 1902 de la revista NOTICIAS.

 

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