Música / 14 de Junio de 2013

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La garota de Río

El teatro Gran Rex fue el escenario para una nueva visita de la brasileña Marisa Monte. Muchas más luces que sombras.

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Coherente. Marisa Montes, una voz prodigiosa, en un show con algunos altibajos

Aunque hace tiempo dejó de ser una novedad, podemos pensar a Marisa Monte como una de las artistas más valiosas que ha dado la música de Brasil en los últimos años. Carioca, bonita, talentosa, creativa, dueña de una voz dulce y potente, imaginativa a la hora de armar sus espectáculos, ha venido sorprendiendo con cada disco y cada show. Aunque, posiblemente porque el patrón de medida que ella misma impuso sea muy alto, esta vez su paso por Buenos Aires no alcanzó la nota máxima.

Alevosamente a su favor estuvieron la siempre increíble garganta que la acompaña con comodidad en todos los registros, la coherencia estética que va de lo sonoro a lo visual, la prolijidad de un espectáculo pensado como tal de principio a fin, la presencia de una banda de gran nivel que mezcla lo pop con lo clásico. Pero quizá por una lista de temas no sostiene el mismo interés a lo largo de los 90 minutos o quizá porque simplemente es muy difícil sorprender ante cada actuación, su show tuvo altibajos y no pudo revalidar sus propios títulos.

La lista de canciones se armó con una mezcla de su último álbum, “O que você quer saber de verdade”, con muchas más de épocas anteriores. El respaldo instrumental fue una combinación de dos compañeros suyos de larga data –el tecladista Carlos Trilha y el guitarrista Dadi– con tres de los integrantes “prestados” del grupo Nação Zumbí –Alexandre Dengue en bajo, Pupillo en batería y Lúcio Maia en guitarras– y con un cuarteto de cuerdas clásico que tuvo sus lucimientos con los solos del violinista Pedro Mibielli y el cellista Marcus Ribeiro. La puesta, que sirvió para unificar composiciones de distintos estilos y tiempos, estuvo planteada desde un gran trabajo de diseño visual, con proyecciones coloridas y floreadas (como la tapa de su último álbum) sobre todo el escenario y hasta sobre las paredes del teatro, y con mucho texto (canciones enteras o meras referencias conceptuales) usado con intenciones gráficas.

Esa cierta medianía en la que por algunos ratos pudo haber entrado su espectáculo, no le quita valor al conjunto ni tiene que hacernos olvidar que hubo momentos superlativos, como por ejemplo en las interpretaciones de “Velha infancia”, “Verdade uma ilusao” y “Depois”. Cariñosa pero menos interesante fue la presencia de la mexicana Julieta Venegas como invitada para “ilusión”. Lo mismo que la de los argentinos Gustavo Mozzi y Lautaro Greco para una versión brasileña del tango “El pañuelito”.

 

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