Opinión / 5 de julio de 2013

La maldición del éxito

Dilma. La ola de protestas descolocó a la presidenta de Brasil. La nueva clase media que heredó de su antecesor Lula se resiste al ajuste. En casa, la fuga de capitales continúa.

Ilustración: Pablo Temes.

Hace apenas un mes, el consenso internacional, sostenido por economistas prestigiosos en los Estados Unidos y Europa, y por otros presuntos expertos en temas geopolíticos, era que Brasil por fin estaba por salir del subdesarrollo para erigirse en una potencia de alcance planetario. Para justificar su optimismo, señalaban que el producto bruto del “gigante sudamericano” ya igualaba o, quizás, superaba (depende de la forma de medirlo) los del Reino Unido y Francia, pasando por alto el hecho de que, por tener Brasil una población que es más de tres veces mayor que las de sendos países europeos, tal hazaña no significaba mucho.

Asimismo, nos decían que, gracias a los presidentes Luiz Inácio “Lula” da Silva y Dilma Rousseff, decenas de millones de brasileños antes paupérrimos se habían incorporado a la clase media mundial, que los inversores extranjeros salivaban al pensar en las inmensas posibilidades ofrecidas por un país con tantos recursos materiales y humanos, y que ser anfitrión de la Copa Mundial del fútbol primero y, dos años más tarde, de los Juegos Olímpicos, serviría para confirmar que Brasil formaba parte de la nueva elite que pronto marginaría a los Estados Unidos, la Unión Europea y el Japón.

Pero, para extrañeza de quienes compartían la euforia triunfalista, Brasil, como ciertos otros países, entre ellos la Argentina que durante algunos años habían crecido con rapidez de resultas del “viento de cola” que soplaba desde China y los centros financieros del Primer Mundo en que las tasas de interés eran desagradablemente bajas, dejó de expandirse al ritmo previsto. ¿Sería que la idea de que los “emergentes” dotados de soja, minerales, petróleo y otros recursos agrícolas o naturales estuvieran por desplazar a los tecnológicamente avanzados era solo un mito? Parecería que sí, que el desarrollo auténtico requiere más, mucho más, que una abundancia de “commodities”.

Se trata de una verdad que entienden muy bien los muchos millones de brasileños que desde hace varias semanas están participando de protestas multitudinarias, y en ocasiones violentas, en las ciudades principales de su país. Si todo va tan bien como nos aseguran, se preguntan, ¿por qué son tan miserables los servicios públicos, tan brutales los policías y tan asquerosamente corruptos los políticos y sindicalistas? ¿Por qué nos es tan difícil llegar a fin de mes? ¿Por qué gasta el gobierno cantidades fenomenales de reales en construcciones faraónicas deportivas cuando lo que necesitamos son hospitales limpios, escuelas mejores y más oportunidades para abrirnos camino en la vida?

 

3 comentarios de “La maldición del éxito”

  1. sospechosamente, o no???el autor habla de la corrupcion politica y sindicalista,haciendo caso omiso a alguna mencion sobre el “empresariado” o al “mundo de las finanzas” enclaves tan poderosos que me resulta extraño, que no se los sentara en el banquillo de los culpables,sino que hasta se nota un esfuerzo de sumarlo a la lista de “perjudicados” por la corrupcion.De mas esta decir su irrestible pulsion a hechar culpas sobre el “llamado estado benefactor”.

  2. Hartos de la corrupción de la clase política los brasileños salieron a las calles a pedir salud,educación y seguridad…!!no te hace acordar a lo que paso el 8 de abril en argentina?solo que en buenos aires no hubo incidentes ni vandalismo..

  3. Lo que los economistas y futurologos del primer mundo dieron en llamar y alentar a los BRIC, se ha demostrado, que era una alternativa falsa, ya que la medicion de crecimiento economico, no se condice con la de crecimiento social. Brasil es una muestra. China a punto de ebullicion social solo contenida por la intimidacion de la fuerza pero en su interior, en muchos lugares, la fuerza social le ha doblado el brazo al gobierno. India, con un proteccionismo atroz y dividida en castas irreductibles y satrapias ahogantes. Como se diria, no todo lo que reluce es oro, y Brasil lo esta sintiendo en su interior, y ha dejado, desnuda, a su clase politica, que ya, no representa a nadie. Le llego la hora del que “se vayan todos”

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