Mundo / 5 de Julio de 2013

Opinion

La revolución inconclusa

El golpe de Estado en Egipto dejó al país en la cornisa de una guerra civil. Crisis económica. La sombra del fundamentalismo.

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Celebración. Los opositores festejan la caída de Morsi, frente al palacio de gobierno egipcio.

Son las turbulencias de una revolución inconclusa. Egipto camina en la cornisa de una guerra civil desde que fue derrocado el gobierno de Mohamed Morsi.
El resurgir de la rebelión juvenil tiene varias causas y solo una razón. Las causas son fuertes, pero no legitiman el movimiento de insubordinación al que sí le cabe la kirchneriana calificación de “destituyente”. En cambio, la razón es profunda y explica el estallido de indignación que en tiempo récord consumió un gobierno, una Constitución y un Parlamento.

Ni la ineptitud y las desmesuras del presidente caído justifican llamar de otro modo lo ocurrido. Fue un golpe de Estado. Lo perpetró el ejército con un inmenso respaldo popular, pero no por eso deja de ser una conspiración militar contra un gobierno institucionalmente legítimo.

Cuando el general Abdel Fatah al Sisi planteó el ultimátum exigiendo integrar la oposición al gobierno, las multitudes llevaban días reclamando la renuncia del presidente y del Parlamento. Las causas de la indignación son económicas y políticas.
Las causas económicas son consecuencias de la desconfianza que genera en el empresariado el fundamentalismo de la Hermandad Musulmana y la monumental ineptitud de Morsi para revertir la crisis. Crisis que agravó llevando la desocupación al trece por ciento, encareciendo el combustible y provocando desabastecimiento, además de un colapso energético que se expresa en permanentes apagones.

Las causas políticas son más graves y tienen que ver con medidas del gobierno, dos de las cuales resultaron fallidas mientras que una se concretó. La primera medida fallida fue el intento de asumir poderes prácticamente iguales a los que tenía Hosni Mubarak. La segunda fue la designación del ultraislamista Adel al Jayat como gobernador de Luxor, a pesar de pertenecer a Gama Islamiya, la organización terrorista que, precisamente en esa provincia, masacró en 1997 a 62 turistas que visitaban las ruinas arqueológicas de Deir el-Bahari, donde está la imponente tumba de la reina Hatshepsut.

La medida que logró concretar el gobierno fundamentalista de la Hermandad Musulmana fue la reforma constitucional que redujo el laicismo que gravita desde los tiempos de Naser, en un giro religioso con gusto a primer paso en la construcción de un califato. Lo que implicaría el reemplazo de la república por una teocracia, ya que el de califa es un cargo creado por Abu Bakr, el suegro y sucesor de Mahoma, usando la palabra que significa “representante de Alá en la tierra”.

Las ineptitudes y desmesuras económicas y políticas fueron la chispa, pero la razón que actuó como combustible es la inmensa contradicción entre el espíritu de la rebelión que derribó a Mubarak y el gobierno que surgió de los primeros comicios libres y plurales que vivió Egipto, precisamente, como consecuencia del levantamiento juvenil con epicentro en la Plaza Tahrir.

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