Libros / 12 de julio de 2013

libro

El segundo hombre

“La invención del amor”, de José Ovejero. Alfaguara, 242 págs. $ 120.

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La suplantación de identidad es un recurso narrativo tan viejo como la Biblia, incluso si se dejan de lado géneros como el policial o el “thriller”. El español José Ovejero le da un pequeño giro: la que muere es una mujer joven, y el que suplanta identidad (del amante) es un hombre que está en una especie de “stand-by” biográfico y sentimental.
Algunos elementos ayudan a que el lector empiece y siga: una descripción sugerente de Madrid como ciudad, y del departamento donde vive –y su terraza–, y el sentido del humor, primero. Después, el tono parejo del que habla, que es a la vez una virtud y un riesgo: el mencionado protagonista está tan distanciado que se parece a mucha gente que lo leerá. Por eso tiene que esmerarse para lograr desprenderse de su inercia, cercana al autismo.

Un par de casualidades o coincidencias son excesivas. Sin embargo, en este tipo de relatos uno está dispuesto a hacer la vista gorda, con tal de que el argumento atrape y haya un par de sorpresas. Además el narrador (y Ovejero como autor) se esfuerzan por arrancarse del enamoramiento de su propia voz. Entretanto, un personaje central como Carina, hermana de la difunta, tarda en definir un perfil propio.

Toda novela que aspire a un premio suculento debe incluir hoy un “tema de actualidad”. Ocurría en otro premio Alfaguara también atractivo, “El ruido de las cosas al caer” de Juan Gabriel Vásquez, con el nacimiento y desarrollo del narcotráfico en Colombia. Acá se trata de la crisis, el desempleo, y la venta de empresas pequeñas y medianas en España. El buen Samuel trabaja en una, a punto de venderse a “kosovares” que quieren lavar dinero.
Por suerte, Ovejero va superando la hipnosis de su tono entre analítico y cínico, y hace que operen movimientos de clásico rendimiento, como bordear el descubrimiento de su embuste. Además describe cómo una mentira, en cuanto crece, se devora al mentiroso y su realidad. Hacia el final, digamos que vuelve a “creer en el amor” y en sí mismo. Eso le quita grandeza trágica a la novela, pero le da gancho comercial. Ojalá que en caso de ser adaptada, no lo haga el cine español, sino a algún heredero astuto de Hitchcock, que le borre blanduras y le aproveche el filo y los pasajes de humor.

 

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