Opinión / 12 de Julio de 2013

La política descafeinada

Massa. El tigrense se presenta como un exponente del poskirchnerismo: moderación y pocas definiciones.

Massa. El tigrense se presenta como un exponente del poskirchnerismo: moderación y pocas definiciones.

Puede que en algunos países, la gente se interese por la labor de los parlamentarios, premiando a los eficaces por su aportes y castigando a quienes no lo son, pero en la Argentina actual pocos creen que el Congreso sirva para mucho más que brindar a los opositores oportunidades para denunciar, en términos a menudo pintorescos, las barbaridades perpetradas por Cristina y sus secuaces. Es por lo tanto lógico que, de acuerdo común, las elecciones legislativas previstas para el 27 de octubre sean en realidad un episodio más en la batalla por la presidencia de la República, de ahí el impacto muy fuerte que ha tenido el lanzamiento de la candidatura a diputado nacional del intendente de Tigre Sergio Massa.

¿Es que el joven de apariencia hollywoodense supone que le convendría contar en su curriculum con un par de años como legislador? Claro que no: el haber sido diputado no lo ayudaría del todo. Aunque Massa resulte no ser un candidato meramente testimonial sino uno de verdad, puede darse por descontado que lo que más quiere no sea pronunciar discursos fogosos en la Cámara baja en defensa de la Constitución y de la autonomía de la Corte Suprema, sino asestarle a Cristina un golpe demoledor que, además de obligarla a olvidarse de la re-re, lo ubicaría a la cabeza de la lista de presuntos presidenciables.

¿Y Daniel Scioli, el político que, según muchos, fue el gran perdedor del zafarrancho previo a la elaboración de las diversas listas de aspirantes a un lugar en el Congreso? Luego de pensarlo, el gobernador decidió distanciarse del galán tigrense y acercarse al candidato oficialista, el lomense Martín Insaurralde. Dadas las circunstancias, es comprensible; apoyar a Massa no solo lo hubiera expuesto a la venganza de Cristina, una señora que, como todos saben, sería plenamente capaz de desquitarse por tamaña traición encendiendo la provincia de Buenos Aires, sino que también significaría que, a ojos del electorado, se había puesto al servicio de otro político.

Mientras que Scioli tiene motivos bien concretos para subordinarse, con una sonrisa entre resignada y burlona, a Cristina, actitud que desde su punto de vista entraña ciertas ventajas porque muchos bonaerenses se han acostumbrado a atribuir los problemas más graves del distrito a la malignidad kirchnerista, no los tiene para solidarizarse con Massa.

Los comprometidos con el gobernador esperan que el intruso haga una elección lo bastante buena como para bajarles las ínfulas a Cristina y compañía, pero que su eventual triunfo no sea lo suficiente como para cambiar radicalmente el panorama político nacional; si la lista de Insaurralde, es decir, de Cristina, consigue aferrarse a una proporción respetable de los votos, Scioli podría dar a entender que fue gracias a su colaboración que la Presidenta logró mantenerse a flote. Al fin y al cabo, es más popular que ella.

 

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