Clásica / 5 de Septiembre de 2013

clásica

Orquesta Filarmónica de Israel

dirigida por Zubin Mehta. Obras de Mozart y Mahler. Teatro Colón.

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Zubin Mehta es una de las grandes figuras internacionales que, afortunadamente, visitan con frecuencia la ciudad de Buenos Aires. Hace apenas un año, el público del Colón pudo disfrutar de las presentaciones con las que celebró medio siglo desde su primera actuación en estas tierras. Ahora regresó junto a la Filarmónica de Israel, agrupación que dirige desde hace varias décadas.

Las indicaciones de Mehta son austeras y precisas. Eso es todo lo que necesita para comunicarse con los músicos y lograr lo que espera de ellos. La afinidad entre él y la orquesta es absoluta, y permite que el discurso musical transcurra con fluidez y naturalidad. Probablemente, el único aspecto cuestionable del último de los conciertos que ofrecieron en el Colón haya sido la elección de un repertorio demasiado tradicional y previsible.

Tanto la Sinfonía Nº40 de Mozart como la Quinta de Mahler son obras maravillosas y emblemáticas. Ningún amante de la música podrá jamás resistirse al encanto de volver a escucharlas interpretadas por semejantes artistas, pero el concierto podría haber ganado atractivos si el repertorio elegido hubiera deparado algún tipo de desafío, para los músicos y para el público.

Tal como se esperaba, la Filarmónica de Israel mostró, una vez más, su excepcional nivel. Las cuerdas, homogéneas y tersas, se lucieron especialmente en la sinfonía de Mozart, obra que Mehta encaró sin pretensiones puristas, permitiendo que aflorara, con cierta mesura, la impronta romántica que caracteriza a la orquesta israelí.

El inicio de la Marcha Fúnebre de la Sinfonía Nº5 de Mahler tuvo una potencia estremecedora, y todo lo que sucedió desde ese momento fue magistral. En esta obra se evidenció ostensiblemente la intensa conexión entre Mehta y los músicos, que plasmaron admirablemente la vigorosa expresividad de la obra de Mahler, con un desempeño impecable en cada fila y con una avasallante capacidad comunicativa.

Tras los últimos compases, el público estalló en una ovación que obligó a Mehta a regresar al podio en varias ocasiones. Pero no hubo piezas fuera de programa. La contundencia mahleriana fue suficientemente elocuente para colmar a los presentes de la más plena sensación de deleite.

 

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