Teatro / 5 de Septiembre de 2013

teatro

Parque Lezama

de Herb Gardner. Dirección y adaptación: Juan José Campanella. Con Luis Brandoni, Eduardo Blanco y elenco. Teatro Liceo, Rivadavia 1499

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Antonio Cardoso (Eduardo Blanco) trata infructuosamente de leer el diario sentado en su lugar habitual del Parque Lezama, pero la presencia invasiva, vigorosa y en un punto irresistible de un vecino de banco se lo impide. El hombre (Luis Brandoni) se presenta con diferentes nombres, y algunos de ellos resultan inverosímiles, puesto que, según cuenta con todo entusiasmo, es un agente secreto. Cardoso lo contempla irritado, intenta señalarle el absurdo de sus afirmaciones, pero choca contra la energía inagotable del otro y termina por caer en las garras de su imaginación.

En su debut como director teatral, Juan José Campanella tomó esta celebrada obra de Herb Gardner (“Yo no soy Rappaport”, en la que el personaje de Cardoso es negro) y la transportó desde el Central Park hasta el Parque Lezama de Buenos Aires, una ciudad que él considera muy parecida a Nueva York. Los dos hombres pasan los ochenta años y no podrían ser más diferentes. Cardoso solo quiere permanecer un par de meses más en el empleo del que están por despedirlo; el otro en cambio lo quiere todo, quiere luchar contra jóvenes delincuentes, rescatar lindas muchachas, hacer por fin la revolución social.

Es una comedia deliciosa, muy bien adaptada por Campanella a la realidad local –que incluye, al parecer, las típicas malas palabras del hablar porteño– y cuenta con dos actuaciones extraordinarias: el humor sutil y al mismo tiempo desgarrado del personaje de Brandoni, y la notable caracterización de Blanco, con sus achaques y aprensiones. Estas dos actuaciones encandilan un poco al resto del elenco, donde se destaca principalmente Marcela Guerty como la exasperada hija del agente secreto y militante comunista.

Es impactante la escenografía de Cecilia Monti, responsable también del vestuario. Una imponente barranca hiperrealista, con árboles allá en lo alto que pierden alguna hoja otoñal, se recorta contra el cielo transparente de Buenos Aires, logrado por el delicado juego de luces de Félix Monti: una imagen general de melancólica belleza que recuerda a artistas como Edward Hopper o Andrew Wyeth. Ante la intensa interacción de los dos protagonistas se desdibujan un poco las situaciones laterales –drogas, delitos, tribulaciones laborales– que tal vez podrían ser más breves. Es una pieza conmovedora que por debajo de las risas habla de la vejez, las ilusiones, el coraje y el amor a la vida. Y en un punto muy peculiar, como una verdadera última instancia, habla de las formas más originales de la amistad. Resulta auspiciosa la entrada de Campanella en la dirección teatral, que seguramente continuará el derrotero exitoso que lleva su carrera en el cine y en la televisión.

 

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