Teatro / 13 de Septiembre de 2013

TEATRO

La sombra de Wenceslao

Es una virulenta estampa gauchesca, de Copi. Con Lorenzo Quinteros, Mario Alarcón y elenco. Dirección: Villanueva Cosse. Cervantes, Libertad 815

Por

Excesos y transgresiones. Lorenzo Quinteros compone a un campesino marginal en un ambiente teñido de humor negro.

Tenía un aspecto físico que lo asemejaba a un duende travieso. La delgadez extrema, el perfil aguileño de nariz pronunciada, las orejas puntiagudas, el pelo corto y una mirada pícara. Poseía una sonrisa perenne, fiel reflejo del imán carismático de su simpatía y picardía arrolladoras.

Copi, seudónimo de Raúl Damonte Botana (1939-1987) fue un actor, novelista, dramaturgo y dibujante argentino que triunfó en Francia. En sus obras (“Una visita inoportuna”, “El homosexual, o la dificultad de expresarse”, “Eva Perón”, entre otras) o sus caricaturas (“La mujer sentada”; lejos, la más famosa), destila un humor ácido, delirante, lúcido e implacable, aunque no exento de cierta piedad.

La transgresión y el exceso fueron sus blasones. Nada fue ajeno a su retrato virulento, siempre bajo la engañosa fachada de un trazo casi trivial o de una escritura disparatada. Fue el gran heredero, tal vez sin buscarlo, de la noción esperpéntica del dramaturgo Valle-Inclán. A diferencia del autor español, Copi nos desafía al oscilar entre el ridículo y el horror.

“La sombra de Wenceslao” (L’ombre de Venceslao) se estrenó en el Festival de la Rochelle en 1978 con puesta en escena de Jérome Savary. En ella Copi parodia personajes autóctonos con un humor ácido y un lenguaje explícito que puede llegar a incomodar a un espectador desprevenido.

La trama comienza con Wenceslao (Lorenzo Quinteros, en la composición exacta), un campesino marginal que recorre en carreta un paraje rural cercano a Diamante, en la provincia de Entre Ríos. Lo acompaña su hijo Rogelio (el siempre efectivo Luis Longhi), fruto de una relación extramatrimonial con Mechita, su amante (Andrea Jaet), cortejada por el viejo Don Largui (estupendo Mario Alarcón) un comerciante de la vecindad.

Tras sortear una feroz tormenta que presagia aconteceres aún peores, sufre la muerte de su esposa Hortensia. Abatido por la falta de atención de China, su hija (Paloma Contreras, impecable), el patriarca decide entonces emprender viaje rumbo a las Cataratas del Iguazú.

En este punto, la historia se bifurca en dos direcciones simbólicas que aluden al exilio. Por un lado, la hija se casa con su hermanastro y, atraída por las luces de la ciudad, tienta suerte en la peligrosa Buenos Aires. Por otro, en ese paraje agreste, el anciano encontrará algo parecido a la felicidad con su concubina, el caballo (Ernesto Zuazo), un mono y el lenguaraz loro (Mosquito Sancineto, en acertadísima caracterización) hasta tomar una decisión trágica, muy característica del teatro gauchesco.

La dirección de Cosse explota con inteligencia el delirio, humor negro y patetismo de estos seres marginales en los que aún hoy podemos reflejarnos como si se tratara de los espejos deformantes de una feria de variedades.

 

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