Libros / 20 de Septiembre de 2013

LIBROS

Dos obras de Thomas Wolfe

Las voces del mundo entero: “El niño perdido”, y “Una puerta que nunca encontré”. Periférica, 93 y 101 págs. $ 139 y 140.

Por

Thomas Wolfe es uno de los más grandes narradores estadounidenses. Tenía un cuerpo gigantesco y ambiciones a esa altura: quería primero abarcar y sentir, y después expresar la totalidad de los rostros, los estados de ánimo, los climas y los paisajes de todos los estados de la Unión. Escribía desaforadamente, entregaba originales inmensos a su editor Maxwell Perkins, y después seguía sus viajes por el mapa, a pie o en tren, según la leyenda.

Último de varios hermanos, sintió terriblemente, con toda su familia, la muerte a los 12 años, por fiebre tifoidea, de su hermano Grover en 1904, el año de la Exposición Universal de Saint Louis. En cuatro partes, el libro es un concentrado de sus virtudes de estilo y estructura flexible, abierta. En un tono distinto, Wolfe recuerda a Walt Whitman por el lirismo titánico, la ansiedad y al mismo tiempo la capacidad de encontrar palabras para lo más alto y lo más bajo: “Digamos simplemente que era América, que era el Sur. Familiar como la carne y la sangre de un hombre, familiar como los vientos de marzo, como una garganta irritada, como la nariz cuando te pica, como el barro colorado lleno de paja y desolación”.

Escrito antes, “Una puerta que nunca encontré” expone con más contundencia aun el impulso por abarcar la realidad, y la conciencia de la dificultad de lograrlo. Esa puerta no encontrada es la que llevaría al recuerdo, y sobre todo a la experiencia completa de escribirlo. Al principio la buscó en los libros: en diez años “leí al menos veinte mil volúmenes (he rebajado deliberadamente la cifra)”. Aunque aclara: “Yo no era, en absoluto, un hombre de la academia y no quería serlo. Sencillamente, quería saberlo todo, y me volví loco cuando descubrí que no podía conseguirlo”.

La descripción de ese proceso paradójico llega a transmitir lo inabarcable, sin embargo. Suspendido entre la avalancha de imágenes y sentimientos, en ráfagas arrebatadas de lirismo y precisión, estos dos libros dejan anonadado al que lee. En sus tiempos, los lectores lo consumieron en sus grandes novelas, macizas, hasta el agotamiento. Los de hoy pueden experimentar en cambio el mundo de Wolfe, que es el mundo, a través de libros geniales, condensados y breves como estos.

 

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