Teatro / 20 de Septiembre de 2013

TEATRO

La casa de Bernarda Alba

de Federico García Lorca. Con Norma Pons, Andrea Bonelli y elenco. Dirección: José María Muscari. Regina, Av Santa Fe 1235.

Por

CLÁSICO. Esta vez con un lenguaje fluctuante y efectista.

“En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle. Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos, puertas y ventanas”, enuncia la despótica Bernarda a sus hijas apenas regresan del funeral del padre. Con esas palabras intimidatorias, define a las claras un personaje que representa autoridad, e infunde miedo, solo con su presencia y empuñando un bastón.

“La casa de Bernarda Alba”, última de las tragedias del gran poeta y dramaturgo español Federico García Lorca (1898-1936) fue escrita apenas unos meses antes de su trágica muerte a manos de un pelotón de fusilamiento durante la Guerra Civil Española. Curiosamente, su compatriota Margarita Xirgu, por aquella época exiliada en Buenos Aires, pudo estrenarla en el porteño Teatro Avenida, recién en 1945. Desde ese momento hubo muchas puestas alrededor del mundo, pero quien esto escribe recuerda, particularmente, una conducida por Alejandra Boero con María Rosa Gallo en el rol protagónico y otra, más recientemente, con la audaz adaptación (quizás adelantada a su época) que Vivi Tellas presentó con escenografía del artista plástico Guillermo Kuitca y la espléndida actuación de Elena Tasisto. Ambas en el San Martín. Hasta el cine, en 1987 y con dirección de Mario Camus, llevó adelante una memorable versión cinematográfica.

Considerada como la obra cumbre lorquiana, la escritura es engañosamente realista pero subyace un lenguaje simbólico que se alimenta de obsesiones que abrevan en el deseo, la pasión, el sexo y la muerte. La trama está centrada en la vida rural de Bernarda (Norma Pons), una mujer de carácter estricto e impiadoso que vive con sus hijas Angustias, fruto del primer matrimonio (Florencia Raggi) y las más jóvenes, resultado del segundo, Magdalena (Martina Gusman), Martirio (Valentina Bassi), Amelia (Lucrecia Blanco) y Adela (Florencia Torrente). Junto a ellas, en esa especie de sepultura de gente viva, habita la anciana y demente María Josefa (la abuela materna, Adriana Aizenberg), la certera e irónica ama de llaves Poncia (sombra atenuada de Bernarda, Andrea Bonelli) y una criada (Mimí Ardú).

La tragedia estallará con Pepe, el Romano, un personaje que jamás vemos, pero que trastoca la vida de estas mujeres. En la flamante reposición, Bonelli, Ardú y Aizenberg sacan partido de su proverbial oficio y dan el tono exacto. En cambio, Pons (que ya es una presencia en sí misma) exhibe una marcación que apela, en demasía, al grito pelado y los bastonazos para demostrar intimidación y arbitrariedad. Mientras, la debutante Torrente, en tono monocorde, expresa provocación desaforada en lugar de la inocencia de la desdichada Adela.

 

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