Música / 27 de Septiembre de 2013

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Caetano Veloso, un rockero maduro

En la plenitud de su vida artística volvió a Buenos Aires. Presentó “Abraçaço” y mantuvo el discurso estético de los últimos años.

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UN ARTISTA ENORME. Caetano Veloso exhibió una vitalidad pareja con su capacidad de reinventarse. Ofreció temas nuevos con tres músicos jóvenes, formados en el rock de vanguardia.

Los 71 años de edad de este bahiano sólo se descubren hurgando en su biografía. Porque es tal su frescura y su apertura mental y estética, que su juventud se deja ver más allá de un físico que también lo sigue acompañando increíblemente. Y la muestra más evidente de ese “aggiornamiento” constante queda reflejado de manera muy clara en la asociación instrumental que ha establecido en los últimos años y que ya ha dado como resultado tres álbumes.

La trilogía arrancó con “Cê”, siguió con “Zii e Zie” y se cierra por ahora con el más reciente “Abraçaço”. Y los compañeros de ruta en estos tiempos son el guitarrista Pedro Sá, el baterista Marcello Callado y el bajista y tecladista Ricardo Días Gómes. Jóvenes y “modernos”, estos tres músicos constituyen una especie de “power trío” rockero, con toques que hasta remiten al argentino “Invisible” del Flaco Spinetta y con mucho de la actualidad vanguardista neoyorquina.

Veloso es de los mayores artistas que ha dado la música latinoamericana en las últimas décadas. Y su grandeza se refleja, por un lado, en su enorme talento creativo que le permite hacer constantemente nuevas canciones que conservan el muy alto nivel de interés. Pero, por otro, en esa capacidad de reformularse, de no dormise en laureles que, a esta altura, podría usufructuar con todo derecho.

Llegó a la Argentina, como tantas veces, a una plaza que lo tiene como un hijo mimado -y que le permitió colmar dos funciones en el Gran Rex con precios nada baratos-, con la intención de mostrar su nuevo disco. Y eso hizo. No solamente porque incluyó prácticamente todo el material de ese álbum sino porque además viró a canciones anteriores, de “Cê” pero también mucho más antiguas, hacia el mensaje sonoro y estético que hoy está queriendo transmitir.

Eso implica una ausencia absoluta de demagogia, frente a un público adicto que, de haber sido encuestado, muy probablemente hubiera elegido otra lista de temas y otro modo de cantarlos, con más clásicos de su amplio repertorio y con un sonido más acústico como el de los tiempos en que era dirigido musicalmente por el violonchelista Jacques Morelenbaum.

Pero Caetano se puede dar el lujo de desafiar a su propio público a un esfuerzo doble, y salir airoso. Puede cantar con dulzura sobre una guitarra distorsionada y una batería furiosa y no desentonar. Puede ser sobrio en su madurez y permitirse juguetear con los botones de su camisa o hasta tirarse al piso sin quedar ridículo. Puede llevar su edad con orgullo y entregar un recital también apto para jóvenes.

De lo nuevo, merece especial mención la interesante y curiosa “Parabéms”, la poéticamente densa “Um Comunista”, la muy emotiva “Estou triste” -en un gran momento acústico con su propia guitarra-, la más vanguardista “Funk Melódico”. Y aunque en sus casi dos horas de duración, el recital tuvo un nivel general muy alto, también merecen una referencia especial sus versiones de temas de diferentes épocas, como “Um índio”, “Reconvexo, “Lindeza”, “De noite da cama”, “A luz de Tieta”, “Un leonzinho” y “Odeio”, “Homens”; o las superlativas interpretaciones de tres canciones “para la hinchada”: “Alguém cantado”, “Escapulário” y, sobre todo, “Sampa”.

 

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