Libros / 22 de noviembre de 2013

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“El desierto y su semilla”, la originalidad y el coraje

de Jorge Baron Biza. Eterna Cadencia, 222 págs. $ 110.

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★★★★★ El libro comienza cuando el padre del autor arroja ácido a la cara de la madre, con él de testigo. Todo parecía conspirar para una literatura arrastrada al pathos, incluso el melodrama familiar. Pero las primeras líneas son: “En los momentos que siguieron a la agresión, Eligia estaba todavía rosada y simétrica, pero minuto a minuto se le encresparon las líneas de los músculos de su cara, bastante suaves hasta ese día”.
Lo que sigue es el recorrido alucinado de las calles porteñas en el auto que lleva a Eligia al hospital. La conciencia estética extrema de Baron Biza explica: “La cara ingenuamente sensual de Eligia empezó a despedirse de sus formas y colores. Por debajo de los rasgos originarios se generaba una nueva sustancia: no una cara sin sexo, como hubiera querido Arón” (el padre y esposo), “sino una nueva realidad, apartada del mandato de parecerse a una cara.”
El texto se aparta tanto de la autobiografía como de parecerse a una novela. El entendimiento del hijo con la madre es inmediato, afectivo, emocional, pero siempre contemplado, con plena conciencia de estar escribiendo, no reviviendo. En el hospital argentino, en la clínica de Milán a la que viajan, aparecen los discursos de los médicos, enfrentados a un rostro en lenta evolución hacia otra cosa. El autor dijo que había calcado uno de ellos de “La montaña mágica” de Thomas Mann. Cuando viajan a Italia aparecen las enfermeras de la clínica; después Dina, una prostituta que llega a amarlo (pero a la que hiere sin explicación). Una escena poderosa ocurre en el sitio donde el cadáver paterno (resto del suicidio inmediato al ataque contra la esposa) se va desintegrando en la cremación.
Sobre la Argentina dice: “Vengo de un país inapresable, hecho con materiales que se convierten en sueños y dudas apenas uno les da las espaldas; un lugar aéreo, donde las categorías no tienen sentido”. El azar hace que se acerquen en el espacio el cadáver embalsamado y nómade de Evita, con la ruina facial progresiva de Eligia, antiperonista.
En las conmovedoras páginas finales, Baron Biza reconoce, después de haber leído la novela final del padre, después de que la madre se suicida: “Tarde o temprano yo también seré sólo un texto; no me queda mucho más por hacer”. Fue una lástima que el pronóstico se cumpliera. Quedó este libro único, invalorable, de intenso coraje.

 

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