Teatro / 22 de Noviembre de 2013

TEATRO

“Entonces bailemos”, las variantes del amor

Dramaturgia y dirección de Martín Flores Cárdenas. Con Laura López Moyano, Marcelo Mininno y elenco. El camarín de las musas, Mario Bravo 960.

Por

Códigos íntimos. La soledad, las dudas y heridas, expuestos con maestría.

★★★★ Como los dioses del Olimpo, sometidos a la despiadada lucha entre las exigencias de su rango y los vendavales de las pasiones que los sacuden, también los cinco personajes urbanos que desfilan en esta singular propuesta enfrentan la imposibilidad de concretar un amor sano, sereno, hasta mundano; libre de las angustias, los miedos, la violencia y los celos que caracterizan a cada una de sus distintas historias y personalidades.
Pobladores de una suerte de habitación de hotel, en cualquiera de esos parajes dominados por un bar, que pululan cerca de los pueblos del Medio Oeste norteamericano, al borde de las rutas, cuya única referencia escénica aquí es un colchón desvencijado y la cruda iluminación que proviene de una enorme lámpara de neón; apenas ingresan, advertimos que en el interior de estos seres se agitan tempestades que los desgarran e inevitablemente los conducen a la propia perdición. Ni la posibilidad de narrar sus vivencias en primera persona, ni el alcohol que los tiñe de melancolía o les da brío, ni las canciones amorosas interpretadas en vivo por el epítome masculino del cowboy, pueden mitigar sus penurias.
Desde “Matar cansa” o “Mujer armada hombre dormido”, sus anteriores espectáculos, Flores Cárdenas desarrolló una dramaturgia con una evidente admiración temática por el paisaje del interior estadounidense y donde la palabra se transforma en el eje fundamental. Ya sea a borbotones o de manera pausada, realista o ingenuos, en sus montajes los monólogos o diálogos de sus criaturas dejan al descubierto la profunda soledad que los corroe, el eterno suplicio de la duda y las lesiones emocionales que se mantienen en carne viva.
Sin embargo, más allá del sexo desenfrenado casi por deporte, los reproches por momentos infantiles o las adicciones como escudos ante la ferocidad del entorno, que se despliegan en la hora que dura la obra,, el autor habla de las miles de variantes que existen para amar. Y lo hace de modo piadoso. Imposibles de clasificar y de manera inconsciente, parece repetirnos una verdad que intuimos desde siempre: las parejas estructuran sus propios códigos amorosos y pueden convivir en una extraña armonía, alejada de las pautas morales, éticas o culturales que nos han inculcado en la civilización occidental.
Y aunque el quinteto actoral responde con homogénea calidad, sería injusto no mencionar el bienvenido regreso a la actuación de Marcelo Mininno, dueño de mil matices, o el visceral, estupendo desempeño de Laura López Moyano. Párrafo aparte merece la coreografía de Manuel Attwell, sobre todo la secuencia corporal que involucra a los dos intérpretes mencionados, en un prodigio de gestualidad y movimientos que dejan boquiabierto al espectador.
En resumen, estamos ante una de las mejores ofertas de la actual temporada teatral alternativa, que no conviene pasar por alto.

 

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