Sociedad / 26 de Noviembre de 2013

“Mi sangre”, confidencias de un narco duro

Adelanto del libro del único periodista que pudo charlar varias veces con Henry de Jesús López Londoño.

Detenido el 30 de octubre del 2012, la extradición de “Mi Sangre” es requerida por la Justicia estadounidense por narcotráfico.

Henry de Jesús López Londoño, alias “Mi Sangre”, está sentado en una habitación pequeña, dentro del inhóspito Anexo 20 del Módulo VI del Complejo Penitenciario I de Ezeiza. En este sector, destinado originariamente para el castigo de los pacientes psiquiátricos, hay cuatro celdas donde apenas cabe un catre.

“Conozco la capacidad criminal del generalato de mi país, aquí no estaré cómodo pero por lo menos tengo condiciones de máxima seguridad y estoy protegido”, asegura. Si bien para las autoridades colombianas es uno de los narcotraficantes más temidos del mundo, él tiene miedo de que lo maten. Vestido con equipo de gimnasia color verde, con el pelo y la barba más largos de lo habitual, ofrece café de saquito y lo sirve en un vaso plástico sobre una mesa de ping pong que usa de escritorio. No parece ese sanguinario narcotraficante descripto por la prensa y las autoridades de su país, en un discurso replicado a la perfección por el Gobierno argentino. “El más importante desde Pablo Escobar Gaviria”, había dicho Sergio Berni el día de su detención, el 30 de octubre del 2012.

De mediana estatura y contextura menuda, con mirada huidiza y manos inquietas, se predispone al diálogo sin aparentar incomodidad. Habla bajo. Su inconfundible acento paisa apenas se distingue. Es la primera vez que recibe a un periodista desde que su defensa denunció irregularidades en el procedimiento de su detención. En estos días, afrontará un juicio de extradición por una causa que tramita en un tribunal de Miami por trafico de estupefacientes. Se muestra intranquilo, aunque predispuesto a responder todas las preguntas. La primera charla se extiende por más de tres horas.

“Durante una década fui parte de una organización paramilitar llamada Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y, como tal, me desmovilicé en el marco de un proceso de paz impulsado por el gobierno colombiano, lo que originó una brutal persecución en mi contra y el armado de causas por narcotráfico con el objetivo de callarme ya que, para aceptar mi inclusión en este proceso, yo tenía que confesar y contar detalles muy comprometedores”, arranca.

El propio peso de la historia que le tocó protagonizar lo va arrastrando hacia la confesión de ese secreto tan bien guardado cuya revelación tanto preocupa a la clase dirigente y a las fuerzas de seguridad colombianas. “Yo interactué con ministros y secretarios del gobierno nacional, alcaldes, gobernadores y jefes policiales con quienes tenía trato cotidiano. Era el nexo entre las AUC y el gobierno, me encargaba de distribuir el dinero destinado al pago de sobresueldos para los funcionarios”, dice.

Federico: ¿El dinero? ¿A qué se refiere?
Henry de Jesús López Londoño: De manera extraoficial yo le he entregado en mano la plata a muchos altos mandos policiales. Se les pagaba a miles de efectivos sumas mensuales que eran equivalentes a tres o cuatro veces sus salarios de nómina. Las Autodefensas suplantábamos al Estado en las tareas y lugares en los que sus propios funcionarios se habían declarado incapaces de cumplir. Llegamos a tener la responsabilidad de garantizar la gobernabilidad y el control militar del 70% del territorio colombiano.

Federico: Pero si eran ustedes los que les pagaban el sueldo, esos funcionarios ¿para quién trabajaban?
López Londoño: Ellos eran empleados nuestros.

Antes de finalizar aquel primer encuentro, López Londoño hizo una última petición. “Si usted va a escribir sobre mí, quiero que en su libro conste algo muy importante. Yo formé parte de una organización paramilitar que asesinó a más de tres mil personas durante la guerra que se vivió en mi país. Lo he admitido y pagué por ello un precio muy alto. ¿Cree usted que me molestaría admitir que me he dedicado al narcotráfico, si fuera cierto? Ese sería un delito menor al lado de las cosas que hemos hecho. Las AUC tuvieron varias fuentes de financiamiento, entre ellas, el dinero que aportaron los capos de los cárteles. Pero no hemos sido, ni somos narcos”.

El dilema. Esta investigación pudo reconstruir la compleja trama de contactos y actividades desplegadas por “Mi Sangre” durante el período que estuvo viajando entre Argentina y Colombia (desde el 2008 al 2011) con tal nivel de detalle que, al momento del último encuentro con López Londoño, se produjo una situación muy tensa, cuya resolución terminaría siendo la clave para entender el sentido mismo del libro –“Mi Sangre”– que aparecerá el viernes próximo. El relato de lo ocurrido esa mañana de agosto del 2013, en el penal de Ezeiza, es imprescindible para que el lector comprenda el dilema que se me planteó al momento de escribir esta parte de la historia.

Sentado frente a López Londoño comencé a interrogarlo con la precisión de quien conoce sus secretos. Al principio, las respuestas surgieron naturalmente. Pero cuando Henry se percató de lo que estaba describiendo, detuvo abruptamente su relato. “¿Qué pasa?”, le pregunté.

López Londoño: ¿Vos no irás a publicar esto que te estoy contando, no?”
Federico: En principio, quiero saber tu versión sobre la información que obtuvimos. Lo que publiquemos después forma parte de una etapa posterior del proceso.

López Londoño: A ver si nos entendemos: si esto llegara a publicarse, sería una sentencia de muerte para mi familia en Colombia. Y me parece que no tengo que explicarte lo que esto significa.

Al escucharlo, un escalofrío corrió por mi espalda. En ese preciso momento tomé conciencia de dónde estaba metido. Y tuve miedo. Pero miedo en serio. El tono amable y calmo de Henry contrastaba con la contundente truculencia de sus palabras. “Sentencia de muerte”. Una expresión con la que “Mi Sangre” estaba mucho más familiarizado que yo, pero que tomaba dimensión real para mí al escucharla de su propia boca. No supe qué contestarle. Solo atiné a bajar la mirada y seguir apuntando en mi improvisado cuaderno de hojas blancas dobladas al medio. La charla continuó durante un par de horas. Todo se parecía bastante a una confesión. Pero yo no soy cura, ni juez. Apenas un periodista interesado en contar una historia cuyas dimensiones claramente comenzaban a quedarme grandes.

¿Por qué consideraba este hombre al que solo había visto un puñado de veces, que yo podía ser depositario silencioso de tan escalofriantes secretos? ¿Por qué me elegía a mí para tamaño sincericidio? Les juro que quise preguntárselo. Pero no me animé. Temí que la respuesta me impidiera terminar de escribir este libro.

Al finalizar, nos saludamos con un apretón de manos. Cuando llegó hasta la reja, volteó hacia mí, por última vez, me miró fijo y señalándome con el índice de su mano derecha en alto, me dijo: “Confío en vos, no me vayas a fallar”.

Durante las siguientes semanas comprobé que el insomnio puede ser contagioso. Dormir por las noches se transformó en una misión imposible. Conocer la verdad me transformaba en algo más que en un mero cronista. Tal vez, en un cómplice. ¿Cómo seguir contando esta historia sin traicionar a los lectores y, a la vez, sin poner en peligro las vidas de las personas involucradas en el relato y la de sus familias? ¿Cómo evitar que este libro se transforme también en mi propia sentencia de muerte? Transcurrieron varios días. Mantuve dos reuniones con los editores a quienes participé del dilema. Me sugirieron ideas, métodos, recursos para no contar lo que tanto preocupaba a nuestro protagonista.

Intenté un acercamiento a la inspiración para encontrar esa fórmula mágica. Procuré calibrar mi conciencia con la ética y el interés periodístico, sin traicionar la confianza del principal involucrado. Especulé sobre mi seguridad y la de mis seres queridos. Transpiré. Mucho. En pleno invierno, transpiré. Finalmente, llegué a una conclusión. Este libro es el resultado de ese proceso.

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