Opinión / 16 de diciembre de 2013

La Argentina liberada

Cuando irrumpe la anarquía, el hombre se hace el lobo del hombre.

El primero. De la Sota sufrió los acuartelaminetos policiales y saqueos antes que otros gobernadores.

Desde hace más de diez años el Gobierno nacional está en manos de personajes decididos a “construir poder” aprovechando el rencor al que se aferra una proporción nada desdeñable de los habitantes del país. De mentalidad feudal ellos mismos, luego de instalarse en la Casa Rosada los Kirchner optaron por desempeñar el papel de rebeldes contra un statu quo que nadie quería conservar. Tuvieron éxito.

En el movimiento que casi enseguida se aglutinó en torno a la pareja de multimillonarios procedente de Sur, se destacarían piqueteros, montoneros envejecidos resueltos a reivindicar el terrorismo bueno en nombre de los derechos humanos, militantes profesionales de agrupaciones supuestamente revolucionarias y progresistas sueltos, además, huelga decirlo, de contingentes nutridos de oportunistas.

Para toda esta gente, las instituciones heredadas del pasado eran perversas, “antipopulares”. Por lo tanto, había que dinamitarlas o, cuando menos, desvirtuarlas, de ahí la marginación de un Congreso dominado por oficialistas obsecuentes, la inutilización de los organismos de control, los ataques virulentos contra el Poder Judicial y, hasta informarle al electorado que no lo permitiría, la voluntad de Cristina de ver reemplazada la Constitución “burguesa” por una a su propia medida.

Lo dejado por el malón kirchnerista está a la vista. La sociedad está agrietada. El civismo que depende del respeto mutuo es una reliquia anticuada atesorada por minorías reaccionarias. Tales excéntricos aparte, parecería que todos están resueltos a ir por todo sin preocuparse en absoluto por los despreciables derechos ajenos. Fieles a la doctrina kirchnerista, que es muy similar a la confeccionada por el jurista nazi Carl Schmitt, tratan a los demás como enemigos.

El cambio cultural previsto por “el relato” pudo difundirse con rapidez por ser la Argentina un país en que una larga sucesión de fracasos políticos y económicos había socavado la autoridad de los gobernantes. Como señaló hace tres siglos y medio el filósofo Thomas Hobbes, cuando irrumpe la anarquía, homo homini lupus, el hombre se hace el lobo del hombre.

 

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