Libros / 3 de enero de 2014

LIBROS

El desencanto

“Los años de peregrinación del chico sin color”, de Haruki Murakami. Tusquets, 314 págs. $ 169.

Por

★★★1/2 Muy productivo, muy variado en los niveles de argumento y fantasía de sus distintos libros, y también en la extensión, seguido por una enorme masa de lectores, ante todo en Japón pero también en el resto del mundo, Haruki Murakami entrega un libro de extensión mediana, y muy peculiar. Podría decirse que pertenece a la zona donde toca más de cerca algunos rasgos personales, aunque se esfuerza por construir un personaje separado. Después del prodigioso “tour de force” que fue “1Q84” vuelve a recorrer las calles de la ciudad. Influido durante años por la ficción norteamericana, aparece casi automáticamente el tema del crimen (siempre una mujer asesinada).

En la estructura, hay algo de ciertas películas también norteamericanas (“El club de los cinco” y otras). Un grupo de cinco amigos vive en una especie de paraíso de la amistad. Todos tienen nombres relacionados con colores, menos Tzukuru Tazaki, el “chico sin color” del título. Es él, sin embargo, quien se atreve a irse a Tokio. Cuando vuelve al ámbito de la pandilla, descubre que le bloquean por completo todo acceso, sin explicar por qué. El golpe lo cambia, y recién muchos años después se atreve a enfrentar lo que no quiso en el momento del impacto.

La lectura es absorbente por la mezcla de climas y elementos, incluida la música clásica (Franz Liszt). La verdad va apareciendo de a poco, pero lejos de sacar al protagonista (ingeniero constructor de estaciones de tren) de su inercia, y más allá de datos que parecen intensos, lo van hundiendo aun más en una personalidad solitaria, más bien frustrada, a despecho de sus reales logros laborales y personales.

Si en la primera tercera parte lo que se describe es un tema muy contemporáneo, la paranoia interpersonal, en el último avanza en cambio en el de la anomia personal, propia, profunda. En ese sentido, a pesar de un muy buen pantallazo documental sobre las estaciones de trenes, el final termina dejando un sorprendente gusto a desencanto, a melancolía, a carencia, justamente, de colores. Coincide con el título, pero defrauda un poco.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *