Teatro / 28 de Febrero de 2014

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“Priscilla, la reina del desierto”, un torrente de energía

De Stephan Elliott y Allan Scott. Con Pepe Cibrián Campoy, Juan Gil Navarro, Alejandro Paker y elenco. Dirección: Valeria Ambrosio. Lola Membrives, Corrientes 1280.

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Deslumbran. Pepe Cibrián Campoy y elenco, imponentes.

★★★★★ “Deja que todo te suceda, lo bello y lo terrible. Cercano está el país que llaman vida”, los versos del poeta checo Rainer Maria Rilke vienen a la memoria tras apreciar la sensacional producción argentina del musical “Priscilla, the queen of desert”. La travesía que emprenden los transformistas Tick (Alejandro Paker) y Adam (Juan Gil Navarro) junto a la transexual Bernadette (Pepe Cibrián Campoy) a bordo de un ómnibus destartalado, así bautizado, desde la capital al centro del continente australiano, donde ofrecerán su show en el casino de un resort, no es un mero viaje.

Atravesado de tropiezos técnicos, situaciones pueblerinas graciosas y otras peligrosas, discriminación social, en esencia, representa la búsqueda que los seres humanos emprendemos con nuestro afán de encontrar un lugar físico y espiritual. Algún rincón del mundo, en el cual podamos reconocernos y ser valorados tal cual somos. Imperfectos, caprichosos, inseguros pero colmados de mucho amor para dar y más ganas de recibirlo.

Basado en el cautivante film homónimo de 1994, escrito y dirigido por Stephan Elliott, la traslación escénica se estrenó en Sidney, en el 2006; luego arribó al West End londinense, en el 2010 y, un año después, a Broadway. La partitura abreva en populares hits del pop de los `80 y el montaje es un derroche de imaginación, buen gusto y aceitado engranaje.

Quien suscribe presenció la puesta inglesa y, sin duda, puede afirmar que la versión porteña, aunque estética y dinámicamente calcada de la primera, gracias a los intérpretes nacionales, la supera con creces. Se tiene la sensación que un torrente de contagiosa energía emana desde el escenario, inunda la platea y sacude los asientos.

Desde el poderío vocal de Florencia Benítez (admirable en el aria de “La Traviata”), Gisela Lepio y Claudia Tejada, las musas que sobrevuelan la escena, o el de Adrian Scaramella como sacerdote. Sin olvidar el portentoso histrionismo de la bruta tabernera de Mirta Wons, el “drag queen” de Luis Podestá y la pícara oriental de Sabrina Artaza. Más la autoridad interpretativa del mecánico enamorado de Omar Calicchio o la madre comprensiva de Romina Groppo.

Hasta las hilarantes y diferentes participaciones de Juan José Marco (a esta altura se merece un protagónico) y, en un breve rol, Pablo Juin; todo el elenco exhibe homogénea calidad. Al tiempo que nuevamente queda demostrado el virtuosismo del músico Gaby Goldman.

Finalmente, Gil Navarro da un giro de ciento ochenta grados en su prestigiosa carrera y moldea una criatura tan hilarante como frágil; Paker confirma que es uno de los mejores intérpretes del género. Cibrián Campoy entrega una labor consagratoria; pocas veces un artista se compenetra con su personaje y le otorga la belleza de su voz cantada, el delicado movimiento de su cuerpo y una ternura que, cual caricia, llega al corazón del espectador.

 

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