Teatro / 14 de Marzo de 2014

TEATRO

“Al final del arcoíris”, Karina K revive a Judy

De Peter Quilter. Con Karina K, Antonio Grimau, Federico Amador y elenco. Dirección: Ricky Pashkus. Apolo, Corrientes 1372.

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★★★ “Tengo la sensación que aquí falta algo” dice Judy Garland al comienzo de la obra del dramaturgo inglés Peter Quilter. La sardónica frase se refiere a la ausencia de alguna bebida espirituosa que la ayude a mitigar su perpetua ansiedad, pero también ilustra la impresión que causa el argumento de esta débil pieza, al enfocarse solo en los momentos más oscuros de la legendaria artista.

La anécdota sitúa en la habitación de un lujoso hotel londinense a la estrella cinematográfica, luego inigualable cantante de recitales (Karina K), acompañada por un maduro, irónico y fiel pianista homosexual (Antonio Grimau) más su joven y atractivo amante, oportunista manager y futuro último marido (Federico Amador).

Es el epílogo de Judy, cuando los excesos de estupefacientes y alcohol causaron daños irreparables en su voz y frágil cuerpo, mermaron ahorros y se vislumbra el prematuro desenlace.

Agobiada por deudas y sometida a la obligación de entrevistas para una serie de presentaciones que resultan caóticas y bochornosas, Garland canta, mientras se aferra a la ilusión del amor, sin abandonar sus muchas adicciones. Curiosamente, la trama abunda en nombres de artistas famosos a los que frecuentó, pero omite la existencia de sus tres hijos.

El itinerario del cuarto alteatro, algunas escapadas etílicas, copiosas ingestas de pastillas, discusiones y posteriores reconciliaciones con ese estrecho entorno de seres, se transforman en una sola situación estirada hasta el cansancio. El montaje acentúa el nerviosismo, inseguridad e hiperactividad del personaje central y lo instala en un ritmo por demás frenético. Además, incluye de manera innecesaria a un desconcertado locutor radial o el atolondrado presentador de un concierto.

Por suerte, ese gran músico que es Alberto Favero, capaz de hacer sonar tres instrumentos como una big band, acompaña los intervalos donde se interpreta el conocido repertorio de Judy (extrañamente traducido al castellano) en arreglos impecables.

Es en estos momentos cantados, donde adquiere verdadero valor la propuesta y Karina K, una de las mejores exponentes del teatro musical nacional, gracias a su histrionismo, delgada figura e inmensa voz, consigue el prodigio de hacernos sentir que estamos ante la presencia revivida de aquel icono mundial del siglo XX. Especialmente en la versión, casi susurrada y emocionante, del tema final.

La gestualidad de Grimau es emotiva y muy sincera, aunque, por momentos, roza peligrosamente la parodia. Este reparo no empaña la conmovedora escena donde maquilla a la protagonista, casi con devoción, durante un diálogo confesional. En tanto, Amador no llega a trasmitir la ambigüedad, contradicción y cinismo que se pregona de su criatura.

 

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