Teatro / 26 de Marzo de 2014

TEATRO

“El cuidador”, de visión obligatoria

De Harold Pinter. Con José María López, Santiago Caamaño y Federico Tombetti. Dirección: Agustín Alezzo. Camarín de las Musas, Mario Bravo 960.

Por

★★★★★ Al inglés Harold Pinter (1930-2008) nada de lo escénico, literario, visual o social le fue ajeno: autor, guionista, poeta, actor, director, activista político (rechazó el título de “Sir” por considerarlo obsceno), ganador del Premio Nobel de Literatura en 2005, escribió para teatro, televisión, radio y cine.

Desde sus primeros textos escénicos (“La habitación” o “El montaplatos”), se aproximó al teatro del absurdo, a partir de un supuesto realismo que también cultivaron Samuel Beckett o Eugene Ionesco. En un contexto de ridiculez deliberada, sus personajes pueden ser operadores de lo inevitable (“Fiesta de cumpleaños” o “La vuelta al hogar”).

Incluso, en el ámbito de la alta burguesía británica donde hay avances y retrocesos temporales en el argumento (“Viejos tiempos” o “Traición”), gracias a una dramaturgia propia, realmente innovadora, se transformó en un clásico. Por suerte, Pinter carece del ímpetu moralista: antes opta por desarrollar el drama con un enfoque de humor negro como testigo y juez de una sociedad en rotunda descomposición.

“El cuidador” (The caretaker) se estrenó en Londres en 1959, protagonizada por Donald Pleasence y Alan Bates. En 1962 la cartelera porteña tuvo una versión memorable con actuación y puesta de Jorge Petraglia. Y otra igual de intensa, en 2003, con Antonio Hugo, dirigida por Lorenzo Quinteros. La trama muestra a Aston (Santiago Caamaño) un muchacho en tratamiento psiquiátrico, que tras una disputa de bar, invita al maduro “homeless” Davies (José María López), a vivir en su domicilio.

El verborrágico inquilino pronto revela su carácter oportunista, parasitario, quejumbroso e incluso racista. Mick (Federico Tombetti), hermano del primero y propietario de la casa, manifiesta la irritación que le provoca la intromisión del anciano, al que sin embargo termina por ofrecer el puesto de cuidador. Pero no tarda en arrepentirse. Aunque los protagonistas son gente corriente y la situación cotidiana, el clima se degenera de manera imperceptible en escenas ilógicas para develar un mundo de vidas aburridas y miserables.

El gran director teatral y maestro de actores Agustín Alezzo, nuevamente demuestra su plena vigencia y sabiduría al crear de forma magistral ese ambiente ominoso e irracional. Es cierto que lo ayuda el magnífico dispositivo escenográfico de Marcelo Salvioli y la elocuencia lumínica de Félix Monti. También conduce el intenso desempeño y compromiso interpretativo de Caamaño (su monólogo conmueve hasta las lágrimas) y de Tombetti (una revelación).

Mientras que para la admirable creación del personaje que encarna el genial “Pepe” López no alcanzan los adjetivos que elogien sus infinitos recursos expresivos y solo queda rendirse ante el talento extraordinario de uno de los mejores actores argentinos. De visión obligatoria para los amantes del buen teatro.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *