Opinión / 4 de Abril de 2014

El mundo del zar Vladimir

Putin es un nacionalista ambicioso que siente nostalgia rencorosa.

PUTIN. Su avance sobre Crimea reeditó la lógica de la Guerra Fría.

El expansionismo está en el ADN ruso. Señalaba Henry Kissinger que, entre los días de Pedro el Grande a inicios del siglo XVIII y la consolidación del imperio soviético a mediados del XX, Rusia crecía como si todos los años se apoderara de un trozo de territorio del tamaño de Bélgica.

Pero en 1991 todo se vino abajo. Si bien la Rusia de Vladimir Putin es un país enorme, por lejos el mayor del planeta con 17 millones de kilómetros cuadrados, es un gigante débil cuya economía, que depende casi por completo de la venta de recursos primarios, es más chica que la de Italia. Rusia todavía cuenta con científicos brillantes, pero ha perdido terreno incluso en este ámbito tan importante.

Puede entenderse, pues, la nostalgia rencorosa que siente un nacionalista ambicioso como Putin. Cuando opinó que la caída de la Unión Soviética fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX” no lloraba por el hundimiento del comunismo sino por el colapso del poder imperial ruso.

No cabe duda de que quisiera restaurarlo por los medios que fueran. ¿Podrá? Es muy poco probable pero, lo mismo que otros, como los islamistas, que sueñan con rebobinar la historia para comenzar de nuevo, cree que valdría la pena tratar de aprovechar la oportunidad brindada por la pasividad bien intencionada –ellos dirían, pusilanimidad decadente– de las elites occidentales.

 

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