Cultura / 22 de Abril de 2014

House of Shakespeare

A 450 años del nacimiento del dramaturgo inglés, una reflexión sobre su vigencia en “House of Cards”.

Con inspiración shakesperiana, “House of cards” (la serie de Netflix) abreva en “Macbeth” y “Ricardo III”, otro papel interpretado en el teatro por Kevin Spacey.

El villano mira a cámara y desnuda lo que ya no queda de su conciencia. Hace el show secreto de su ambición ante el televidente. O deja el escenario, por un momento, y le anticipa al público, mirándolo a la cara, sus siguientes movimientos. La audiencia ve el gesto de trampa que el Rey –a solo dos pasos– ignora. La relación es de intimidad. Una complicidad en la que comparte solo con ellos, lo inconfesable.

“Te amo tanto que pronto enviaré tu alma al cielo”, dice Ricardo III regodeándose ante el público y refiriéndose a su hermano Clarence a quien pronto mandará a matar para quitarlo de su camino al trono. La frase de Ricardo III pudo perfectamente ser dicha por Frank Under-wood, el líder de la Cámara de Representantes del Congreso de los EE.UU. en “House of Cards” quien lo habría dicho igual pero dirigiendo una mirada en “close up” a la cámara. Es que Frank y Ricardo son maestros de la carnicería.

Kevin Spacey ya había interpretado en teatro a Ricardo III, obra de Shakespeare.
Kevin Spacey ya había interpretado en teatro a Ricardo III, obra de Shakespeare.

 

“Cazar o ser cazados” plantea descarnadamente el congresal demócrata, –interpretado por Kevin Spacey– que se relaja comiendo costillitas en un tugurio de los suburbios donde aprende de Freddy, el parrillero, los secretos de la muerte lenta en los degolladeros.

El público saltea con destreza la conciencia del personaje porque el personaje ha salteado su propia conciencia. Y esta es la genética shakesperiana que se despliega en la serie política que tiene en vilo al mundo mientras lo enfrenta al dilema moral de enamorarse de un villano.

Y la entrada libre a la conciencia de lo prohibido, mediante ese artefacto llamado monólogo es la técnica maestra del dramaturgo inglés del siglo XVI, que ahora hace de las suyas con tiempos de TV. Porque el monólogo shakesperiano es ante todo, una acto de exhibición. Y eso es lo que el escritor sabe. Y el guionista también. Si no miren cómo avanza Frank Underwood hacia el altar donde no piensa lavar sus crímenes.

“Cada vez que te he hablado, no me has contestado. Aunque dado nuestro mutuo desdén no puedo culparte por no hablarme”. (Sí. Es Frank. Está haciéndole reproches a Dios. Recién se arrodilla cuando alguien entra a la Iglesia y vuelve a hablarle a la cámara). “No hay consuelo abajo ni arriba. Solo estamos nosotros, pequeños, solitarios, esforzándonos, luchando los unos con los otros.

“Yo me rezo a mí mismo por mí”. “Yo me rezo a mí mismo por mí” bien podría encajar con “Ricardo ama a Ricardo. Yo soy Yo”, luego de luchar cuerpo a cuerpo con su “cobarde conciencia” que tiene “miles de lenguas” para acusarlo de ser un villano por el reguero de muertes que incluye a su hermano, a sus sobrinos, los pequeños príncipes y a cuántos más. “Si, soy un villano. No. Miento. No lo soy”. “Ningún alma tendrá piedad de mí”, sabe Ricardo y por eso él tampoco tendrá piedad.

Pareja. Y así, todo es siempre una orgía de apetito. Sed y más sed. Y no importa derramar sangre para conservar el poder. O beberla como un vampiro. “Mi alma está llena de la sangre de los tuyos”, le dice Macbeth a Macduff en la hora final cuando está a punto de ser derrotado. Y la cita de los Macbeth de Shakespeare no es caprichosa al hablar de la pareja de poder que forman Frank y Claire Underwood. Porque Claire y Frank son una unidad de poder como los Macbeth.

—Deberías estar enojado.
—Estoy furioso.
—¿Y dónde está esa furia? Porque no la veo.
—¿Qué quieres que haga? ¿Qué grite?
—Quiero más de lo que veo. Eres mejor que esto, Francis.
—Lo siento, Claire.
—No. Eso no lo aceptaré.
—¿Qué cosa?
—Las disculpas. Mi marido no se disculpa. Ni siquiera conmigo.

Macbeth entiende a Frank. Cuando ya ha decidido no asesinar al rey, siente clavarse las espuelas de la ambición cuando lo arenga su mujer, la fatídica Lady:
“Cuando te atrevías a hacerlo eras un hombre. Entonces, ni el tiempo ni el lugar convenían pero tú querías concertarlos. Y ahora que se presentan solos tiempo y lugar, la ocasión te acobarda. Yo he dado el pecho y sé lo dulce que es amar al niño que amamantas; pero cuando estaba sonriéndome habría podido arrancarle mi pezón de sus encías y estrellarle los sesos si lo hubiera jurado, como tú juraste hacer esto”.

Claire tampoco titubea: “Entregale tu corazón”, le propone a Frank cuando quedan ante un callejón sin salida. Y está claro que el corazón que terminarán arrancando no es el de ellos. Porque los Underwood también van por la corona implícita que reina desde el Salón Oval. Ella no tiene misericordia y él agradece que ella no la tenga. La tensión de impiedad que se genera entre ellos tiene la consistencia del disfrute.

Esas son sus reglas. La crueldad como contrato entre ambos reemplazando a la piedad. El sistema se sostiene con más sangre. Si uno flaquea el otro debe amonestarlo. No hay consuelos ni repliegues para los villanos de Shakespeare. No los hay en “House of Cards” escrita por Michael Dobbs.

Aquí resta resolver el dilema de los cómplices. Los cómplices, somos todos nosotros, esa hermandad llamada público. ¿A qué nos enfrentamos de nosotros mismos al amar a estos caníbales que convertimos en nuestros héroes? ¿Soportaremos que Frank Underwood caiga de su pedestal?

¿Será capaz el autor de hacerlo caer en la próxima temporada, emulando del todo a Shakespeare? Kevin Spacey sabe muy bien del destino final de Ricardo III, porque fue su último trabajo en el escenario del Old Vic Theatre antes de interpretar a Underwood. Sí, Frank fue Ricardo antes de ser Frank.

Pero nosotros, señores del público: ¿Cómo es que podemos llegar a amarlos? A Frank y a Ricardo. ¿Cómo podemos desear su triunfo y paladearlo con ellos? ¿Como podemos dejarnos convencer por su sensualidad para la destrucción? ¿Cómo funciona esa hipnosis que nos despersonaliza hasta el punto de justificar sus monstruosidades?

Acaso queremos mantener a toda costa ese estado de euforia del cazador. No importa perdonar lo imperdonable. Porque abandonarlos a ellos, es renunciar a esa ilusión del apetito eterno e insaciable. A la caza perpetua. A la droga del poder total. ¡Abstinencia!, grita el superhombre. “El destino baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos”, dice William Shakespeare. Como si aquel juego de naipes fuera el mismo que este. Como si desde algún lugar, el bardo de Avon estuviera inventando también a Frank Underwood.

Nota extraída de la edición impresa de REVISTA NOTICIAS. La autora es periodista y actriz. 

 

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