Mundo, Sitios Externos / 16 de Junio de 2014

Elecciones en Siria, sobre votos y balas

Los comicios no lograron credibilidad, pero Al Asad es la figura más fuerte. Lo favorecen los errores de Arabia Saudita y Qatar.

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APARIENCIAS Y DUDAS. Bashar Al Asad y su esposa Asma, frente a la urna. Solo se pudo votar en los distritos controlados por el gobierno.

Cuando era posible y necesaria una elección presidencial, Bashar al Asad rechazó la idea de convocar al pueblo a las urnas. Pero cuando la guerra y la fragmentación geográfica imposibilitaban una elección viable y creíble, el presidente hizo que muchos sirios votaran bajo las balas.

Mientras la “primavera árabe” empezaba a brotar en la Plaza Tahrir de El Cairo, tras la caída de Zine el-Abidine Ben Alí en Túnez, el jeque qatarí viajaba seguido a Damasco. Quería convencer a Bashar al Asad de que realizara elecciones para evitar que el sismo socio-político llegara a Siria. Pero el jefe del régimen baasista no le hizo caso.
Hamad ben Jalifa al Thani estaba, en realidad, advirtiendo al líder sirio que, si una rebelión estallaba en su contra, Qatar tendría que apoyar al brazo sirio de la Hermandad Musulmana, archienemiga del régimen desde que el poder estaba en manos de Hafez al Asad, padre del actual presidente.

Al Thani regresaba a Doha sin éxito, pero convencido de que la rebelión estallaría también entre los sirios. Así fue. Con el país fragmentado y en llamas, Al Asad hizo los comicios que recomendaban el jeque qatarí, pero tres años y un océano de muertos más tarde.
Es difícil creer en las cifras oficiales. Según esos datos, votó el 73 por ciento del electorado, aunque solo se pudo sufragar en las áreas controladas por el gobierno. Incluso siendo esos territorios más amplios y poblados que los controlados por los rebeldes, difícilmente puedan aportar semejante cantidad de votantes. Más difícil aún es creer que casi el noventa por ciento haya votado por este presidente. Además de la masividad del levantamiento contra el régimen, parece desmentir el resultado oficial el tablero étnico del país.

El 72 por ciento de los sirios es sunita, la etnia que se levantó en rebelión contra la minoría alauita, que sumada a los ismaelitas y los chiítas, apenas rozan el quince por ciento. Los drusos y kurdos son otras minorías musulmanas en las que hay apoyo al régimen, pero representan menos del cinco por ciento; mientras que los grupos cristianos (asirios, caldeos, siríacos y armenios, entre otros) no sobrepasan el diez por ciento de los 22 millones de sirios. Aun siendo imprecisa en ese complejo escenario, la matemática desmiente el 88,7 por ciento de sufragios que dice haber obtenido Bashar al Asad.

Reacción occidental. Lo curioso es que el cuestionamiento norteamericano y europeo a la elección en Siria no apuntó a lo poco creíble que resulta el escrutinio en semejante tablero étnico, sino que la descalificó por la guerra que la enmarca. Esa era la única razón que no debían invocar para invalidarla, porque tanto Estados Unidos como la Unión Europea acaban de aplaudir las elecciones en Ucrania, avalando el triunfo del candidato pro occidental Petro Poroshenko. en Ucrania también hay guerra y también las votaciones tuvieron lugar solo en los territorios que controla el gobierno.

Sencillamente, Washington y Bruselas no pueden rechazar en Siria lo que no rechazaron en Ucrania. Pero más allá de esa grave contradicción de las potencias de Occidente, las urnas sirias no tuvieron en el mundo la repercusión deseada por el régimen, a pesar de que, por primera vez, no hubo solo papeletas con el apellido Al Asad, como ocurrió siempre desde el golpe de Estado de 1970. Esta vez, los sirios podían votar también a otros dos candidatos: Hassan al Nouri y Maher Hajjar, quienes sumaron poco más del siete por ciento de los votos.

Aunque haya sido una farsa electoral, lo que mostró Bashar al Asad es que no está derrotado ni mucho menos. Por el contrario, está fuerte porque, en la realidad creada por la guerra civil, está lejos de ser la peor de las opciones. Desde que irrumpieron grupos aliados de Al Qaeda como Jabhat Al Nusra y la milicia Estado Islámico Irak y Levante, la brutalidad no fue un monopolio del régimen, mientras que el fanatismo se convirtió en la amenaza principal incluso para los sunitas que quedaron en medio del fuego cruzado.

Lo tenía en claro el emir qatarí, pero su vecino saudita volvió a equivocarse. En el palacio de Doha, Hamad ben Jalifa al-Thani entendió que lo mejor era apoyar solo a la Hermandad Musulmana y al Ejército Libre de Siria, comandado por el general Salim Idris.
Arabia Saudita, en cambio, volvió a designar al príncipe Bandar Bin Sultán, el mismo que armó la resistencia afgana contra el invasor soviético convirtiendo en tesorero de los mujaidines a Osama Bin Laden, decisión que engendró a Al Qaeda y al talibán.

Vecinos en conflicto. Como jefe de los servicios de inteligencia saudíes, el príncipe Sultán sabe que el fanatismo y la crueldad caracterizan al extremismo salafista. Incluso el hecho de que Al Qaeda es un feroz enemigo del reino saudita, tendría que hacerlo desistir de financiar las milicias que han sido reclutadas en Afganistán, Pakistán, Irak y el norte africano para luchar en Siria.

Sin embargo, las arcas del reino posibilitaron que esos grupos sanguinarios se hagan fuertes, en detrimento de la lucha que los Hermanos Musulmanes y que el ejército rebelde del general Idris libran contra el poder alauita. ¿El resultado? Las bestialidades cometidas por los ultraislamistas y sus luchas contra las fuerzas rebeldes locales restaron apoyo popular a la rebelión, facilitando la contraofensiva del ejército oficial. Los sauditas debieron aceptar la estrategia de Qatar, el país que logró sacar a Hamás y por ende a la Franja de Gaza del eje chiíta que va desde Teherán a Tiro (el bastión de Hizbolá en el Líbano), pasando por Damasco.

Los gobiernos de Irán y Siria, y el partido militar de los chiítas libaneses, se mantuvieron unidos resistiendo la embestida del sunismo en el país que gobiernan los alauitas, considerados rama del chiísmo. En cambio turcos, qataríes y sauditas dividieron sus apoyos entre grupos incompatibles. En ese marco, aunque no lo admita públicamente, Barak Obama sabe que Bashar al Asad es mejor que muchos de los que luchan por ocupar su lugar.

Europa quiere que el régimen caiga a cualquier precio, pero el presidente norteamericano parece estar entreviendo que, si cayera Al Asad, las milicias salafistas y los sunitas moderados que lidera el general Salim Idris entrarían en una nueva guerra civil, igual que las distintas fuerzas afganas que habían peleado contra el ocupante soviético. Y así como en Afganistán la lucha entre las facciones vencedoras terminaron por abrir el camino al delirio talibán, Siria podría terminar en manos de los aliados de Al Qaeda.

Si eso ocurre, la Siria ultraislamista intentaría unirse territorialmente con los sunitas mesopotámicos, mayoritarios en el centro de Irak, y nadie sabe a ciencia cierta cómo podría quedar finalmente el mapa del Oriente Medio.

 

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