Mundo / 23 de Junio de 2014

Elecciones en Colombia: la guerra de la paz

El triunfo del diálogo y la moderación de Santos ante la confrontación y la dicotomía amigo-enemigo que pretende eternizar Uribe.

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PACIFICADOR. Juan Manuel Santos celebra, la palabra clave escrita en la palma de su mano: paz (der.). Colombia celebra la reeleción (izq.).

Es como si Robin le quitara el protagonismo a Batman. Así sintió Álvaro Uribe al gobierno de su delfín, Juan Manuel Santos. Sintió que él lo había convertido en el “joven maravilla” al nombrarlo ministro de Defensa. Y fueron el “dúo dinámico” que desmanteló a una antigua y envilecida guerrilla.

Sin Uribe, Santos no habría llegado a la presidencia. Pero una vez en ella, comenzó a diferenciarse. Para su mentor, se pasó de la raya al dejar de lado la confrontación por apostar al entendimiento con Hugo Chávez, y cuando cambió el objetivo de aplastar a las FARC por el de negociar el final de la vieja guerra colombiana.

Ese fue el punto en el que Uribe se sintió como Batman traicionado por Robin, quien tras quedar al frente de Ciudad Gótica decidió acordar con los villanos a los que había combatido sin cuartel el “dúo dinámico”.

Pero el “hombre murciélago” de Colombia no aceptó dócilmente jubilarse y quedarse a ver cómo el ex subalterno replanteaba los términos de su herencia política. Se calzó la capa y trató de reconquistar el mango de la sartén. Oscar Iván Zuluaga fue el arma que lanzó Uribe contra Santos, para impedir que sea reelegido. Por eso la última elección presidencial fue el histórico duelo de un Batman ofendido contra un Robin independizado, para dirimir quién debe regir la suerte y destino de Colombia.

Guerrila. Ganó Santos porque Uribe terminó generando más miedo que las FARC. El presidente había elegido el camino más difícil y su archienemigo el discurso más demagógico. El primero centró la campaña en donde más le convenía al líder derechista y a Zuluaga, su candidato: la negociación con las FARC.

Es difícil convencer a Colombia de terminar la guerra en una mesa de negociaciones, justo cuando la guerrilla languidece al borde de la extinción. Después de una larga seguidilla de derrotas que decapitaron la insurgencia, la expulsaron de sus bastiones y descalabraron sus principales batallones, parecía más lógico lo que proponía Uribe: darle el golpe de gracia en la selva, para aniquilarla o imponerle una rendición incondicional.
En el discurso uribista, Santos pasó de ser un halcón implacable a ser una paloma pusilánime. Se arrodilló ante el chavismo y el castrismo, protectores de la anacrónica guerrilla, a pesar de que Colombia alcanzó en la última década una fortaleza económica que contrasta con el languidecimiento de las economías venezolana y cubana.

Estando en mejor situación que los dos regímenes con los que Uribe había mantenido ásperas confrontaciones políticas, parecía absurdo que fuese Colombia la que cambiara el tono y aportara el mayor esfuerzo diplomático para mejorar la relación con Caracas y La Habana. Más difícil todavía fue explicar la necesidad de negociar con una insurgencia agónica.

Las FARC perdieron hace tiempo la legitimidad del origen en la década del sesenta, cuando liderada por Jacobo Arenas fue parte de la rebelión campesina contra el pacto entre liberales y conservadores. Se enriquecieron con el narcotráfico y el secuestro extorsivo a escalas industriales, pero en el mismo proceso perdieron apoyo popular hasta convertirse en una vieja y envilecida milicia.

Polarizados. El 45 por cientos de los votos que obtuvo Zuluaga muestra la desconfianza que despierta la guerrilla, pero es más significativo el 51 por ciento que le dio al presidente un segundo mandato. La mayoría entendió que es una desmesura de Uribe describir a Santos como un marxista que pone al país de rodillas ante las FARC. Lo que el presidente entiende es que la pacificación total, si bien podría resultar inalcanzable, es imposible si se la busca exclusivamente por la vía militar.

Ciertamente, no habría posibilidad de negociar un acuerdo aceptable para la mayoría de los colombianos, si antes el ejército no hubiese debilitado a la guerrilla. Pero sin un cambio de escenario político y socio-económico, no habría posibilidad de instalar la paz donde lleva medio siglo rigiendo una economía basada en la guerra.

No obstante, la diferencia principal entre el presidente y su antiguo jefe, es que Uribe hace política mediante la confrontación. Es la versión derechista de lo que el chavismo y sus variantes regionales hacen desde la izquierda: generar polarización para dividir la sociedad y construir poder sobre esa grieta.

En Colombia, Uribe representa la dicotomía amigo-enemigo y Santos es quien enfrentó ese discurso maniqueo esgrimiendo una propuesta con más riesgos que demagogia.

Zuluaga aceptó la derrota y felicitó al vencedor. Pero Uribe acusó a Santos de fraude y clientelismo. Un Batman ofuscado y resentido ante la victoria de un sensato Robin.

 

 

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