Brasil 2014, Deportes, Sitios Externos / 30 de Junio de 2014

Games of gol

La selección argentina analizada con mirada shakespiriana. El príncipe extranjero y el abad Sabella.

En la dinastía futbolera, las sucesiones no se otorgan por prerrogativas de sangre; se ganan con goles. Foto: Facebook Oficial Lionel Messi.

Toma la corona entre sus manos, mira desde arriba hacia abajo y ve el precipicio. Mira desde abajo hacia arriba y ve el cielo. Lo que está dentro de la corona es inasible: es el derecho a poseer ese abismo y ese cielo, si se los conquista por igual. La historia de los reinos de este mundo está poblada por príncipes que heredaron coronas de tierras lejanas pero propias.

Messi es nuestro príncipe extranjero. Ese al que se le pide la conquista para todos pero también ese al que se le mezquina la aprobación. Debe vencerlos y vencernos a todos para ganarles y ganarnos. Es la Argentina otra vez peleando con el adversario y con su propia sombra.

El viene de tierras donde la pelota se toca, se distribuye a los costados y se asegura en todo el campo de batalla. Aquí donde no está claro ni a qué se juega y nos permitimos la locura de ensayar en el mundial, no solo debe pelear por imponer una lógica que le permita vencer. También debe batirse con un enemigo incorpóreo al que ya le ha perdido el miedo: la soledad.

Por eso se animó a exigir una táctica en la que el ejército no se escondiera en el bosque con arcos y flechas sino que saliera a quebrar los escudos ajenos. Así mostró que el liderazgo también surge de cuestionar al monje que tiene las llaves de la Abadía. El abad Sabella sabe de murallas que se superponen y de proteger la fortaleza. El príncipe extranjero quiere sacudir la lanza con su destreza y vencer a la carga que es lo que sabe, al jinete que arremeta contra sus dominios.

Como si esa tensión entre la sabiduría de los ejércitos y la filosofía de las murallas fuera poca, el príncipe extranjero debe destronar a los fantasmas. En la dinastía futbolera, las sucesiones no se otorgan por prerrogativas de sangre. Se ganan con goles, se sellan con copas, las únicas donde se sirve el vino de la lealtad. Y en la tribuna lo está viendo D10S, también conocido como Maradona, que ya vive inmortal en la cosmogonía, y que le dice que lo quiere, pero que exhibe su mitología y hace corear su nombre recordándole al joven aspirante que también pelea con su leyenda.

El poder de la Casa de los Maradona es tal que hasta uno de los lugartenientes del príncipe, el conde Kun Agüero, siente los influjos del clan donde su antigua princesa plantea un litigio de Montescos y Capuletos en pleno mundial, por negarle al heredero, al Benjamín, al nieto de D10S, a su hijo, mientras su nueva princesita que no es Julieta sino Karina canta odas a ritmo de bailanta en la concentración.

Lejos, en un castillo, el señor feudal eternizado, ese que gobierna en la AFA desde antes de la creación, el dueño del anillo de los impunes, le muestra al mundo que excomulga a Dios. Lo maldice con el conjuro de la yeta y lo deja fuera revoleando la zurda por televisión.

En “esta perfecta O, la tierra”, diría Shakespeare, que también tiene la forma de una pelota de fútbol, donde hoy se levantan estandartes, donde chocan culturas y geografías, donde la fisonomía de los rostros informa de la historia, donde la economía no cuenta y la razón tampoco. Porque es un juego imprevisible.

Argentina caminó un desierto largo de dos partidos. Cuando faltaba agua pero también sed, los salvó el príncipe extranjero. Cuando faltaba juego pero también coraje, él los revivió con gol. Hasta el tercer partido, una lánguida selección se dejó atrapar por la vacilación. Bosnia los trató sin respeto e Irán les instaló un oasis de extermino al frente del arco y le creyeron que existía.

Recién ante las super águilas nigerianas que se fueron como pajaritos luego del 3 a 2, el equipo pareció decidido a hacer valer lo que lo constituye. Pero ese pulso, y esa presión, esa vocación de jugar siendo lo que se es, ese campo donde el arcángel Di María hizo sorpresitas celestiales, y el Caballero Lavezzi duchó al Abad, ese parque que vio un gol del Escudero Rojo y al Normando Pipita despierto resucitando el asedio de la caballería pesada, ese campo tampoco habría sido fiesta, sin el príncipe extranjero.

Dicen. Dicen que en este mundial se acabaron las monarquías. Se equivocan. Porque obviamente queda Holanda con Van Gaal diciendo en la cara de los periodistas que, 5-3-2 o 4-3-3, él “arma esquemas para ganar” y AMEN. Y se equivocan porque queda Argentina, que en el fóbal, desde Kempes para acá, desde Diego y con Román, tiene reyes que ubica en el más allá. Y ahora porta el estandarte de un príncipe extranjero al que acusó de no ser argentino.

Y hoy ambos se necesitan. Porque a diferencia de todo lo otro, en el fútbol, solo sos profeta en tu tierra. ¿Te acordás cuando le reprochábamos por no cantar el himno? Ahora todos lo dejaron de cantar. Ahora lo que cantan son sus goles y una canción de Creedence adaptada al español donde los brasileros son hijos nuestros. Su nombre original es Bad Moon Rising, pero esa mala luna cantada en inglés, en la letra del argento básico dice que el príncipe extranjero será rey: “Messi, Messi, la copa va a traer”. El drama se está desenvolviendo. Faltan cuatro partidos para saber si será nuestra Ilíada o nuestra Odisea.

 

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