Clásica / 2 de Julio de 2014

CLÁSICA

Entre el virtuosismo y la excentricidad

Concierto del pianista Lang Lang, con obras de Mozart y de Chopin. Abono Estelar. Teatro Colón.

Por

SUPER STAR. Lang Lang en su segunda presentación en el Colón: entre el fervor y el desborde.

★★★ Desde su última actuación en el Colón, hace dos años, la fama de Lang Lang no dejó de incrementarse. Sus conciertos al aire libre, sus presentaciones con Herbie Hancock y su actuación en la entrega de los Grammy junto a Metallica contribuyeron, en los últimos tiempos, a consolidar su estatus de estrella en el mundillo de la música académica.

Su talento es asombroso y su técnica es perfecta. El carisma que irradia atrae permanentemente a un nutrido público, fascinado por el magnetismo de este pianista con actitud de rockstar. Pero, a medida que su fama crece, Lang Lang parece alejarse de la profundidad en el enfoque de sus interpretaciones. El virtuosismo y la afectación se han convertido en los ejes de su peculiar forma de encarar las obras.

El inicio de su recital en el Colón, con la Sonata Nº 5 de Mozart, pareció auspicioso ya que el pianista le aportó a su lectura una cuidada y atractiva expresividad romántica. Sin embargo, en las dos sonatas del mismo compositor que completaron la primera parte, la exageración y la falta de coherencia reinaron en el discurso, con rubatos innecesarios y matices arbitrarios.

Su enfoque parece basarse en una deliberada intención por alejarse de toda fidelidad estilística. Si hay parámetros para la interpretación de las obras, él elige ignorarlos. Pero en ese afán por encontrar una visión propia, parece no encontrar un rumbo definido. Su discurso, muy personal, falla en su esencia: la comunicación del mensaje musical, alterado constantemente por las caprichosas decisiones estilísticas del intérprete.

Ese desborde expresivo rindió sus frutos en la primera de las cuatro Baladas de Chopin, que se escucharon en la segunda parte. En esa pieza, el pianista dejó al público extasiado, con un despliegue técnico admirable y con una amplia paleta de matices. En la Balada Nº 3 también hubo momentos de gran belleza, aunque proliferaron los recursos, a veces antojadizos, a veces exacerbados, con los que el pianista construye su discurso de desmesurada expresividad.

En el momento de los aplausos, Lang Lang agradeció tomando las manos de quienes se acercaban al escenario, saludando al público de las ubicaciones altas y entregando la toalla que lo acompañó durante los bises. En definitiva, una auténtica estrella, que despierta a su paso tantas pasiones como controversias.

 

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