Libros / 2 de Julio de 2014

LIBROS

“Poemas y canciones”, de María Elena Walsh

Cantar y cantar. Alfaguara, 408 págs. $ 180.

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★★★★ Si uno escucha o lee el nombre María Elena Walsh piensa de inmediato en la tortuga Manuelita de Pehuajó, en la vaca de la quebrada de Humahuaca o en el mundo del revés. Es conveniente aclarar que, a pesar de su título, ninguno de esos nombres aparece en este grueso libro de 400 páginas. Se trata por lo tanto de la zona “para adultos”, y muy en especial de su zona poética, que abarca la mitad.

Ya desde “Otoño imperdonable” (1947) la autora sorprendía por su estilo a la vez directo y sutil, a veces duro: “Yo soy un sitio donde florecerá la muerte” profetizaba a los 17 años. O, más hondamente, “Es verdad que nací para estar triste/ junto a cualquier ventana, cuando llueve”. Aunque registra también la explosión del amor: “sé que no era cierta la dulzura,/ que nunca amanecía/ cuando yo no te amaba todavía”. En “Hecho a mano” (1965) recuerda que en sus tiempos “había tiempo” todavía. O reconoce un misterio insondable: “Pensar que no sabremos nunca/ qué pasa dentro de las nueces”.

Cuando se pasa a las canciones no solo la temática se amplía, sino también los tonos. Como Fontanarrosa, como Charly García, incluso como Cortázar, María Elena Walsh construyó en gran medida el inconsciente colectivo de los argentinos. Desde la ironía de “Los ejecutivos”, pasando por la aclaración de “Sapo Fierro” (“no es lo mismo ser profundo/ que haberse venido abajo”), hasta llegar a la reivindicación de su forma de amar (en “Las hermafroditas”) su obra fue variada, explosiva, y también cargada de bronca, angustiada, resistente.

Sorprenden los casos dignos de Discepolín (“Canción neurótica”, “Magoya”, “Gilito del barrio Norte”) hasta el gol sentido y breve de “Serenata para la tierra de uno”. Si uno porta edad suficiente, recorre momentos clave de la sensibilidad propia y de todos. Si no es así, igual queda shockeado (o chocado) por esta obra que en vez de un arte poética elaboró una extensa “Arte caótica”, dirigido a un “incauto cantautor”: “Cantás por la paga. Todos/ vendemos si hay comprador./ Pero tenés que dar gratis/ alma vida y corazón./ Sin dar esa yapa/ date por estafador”. Ella la dio de sobra. Basta leer “Amores de estudiante”, el homenaje a “El viejo varieté”, y muchos otros textos.

 

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