Clásica / 8 de Agosto de 2014

CLÁSICA

Dos potencias se saludan

Daniel Barenboim y Martha Argerich se presentaron con éxito en la apertura del Festival de Música y Reflexión en el Teatro Colón.

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★★★★★ El día tan esperado finalmente llegó. Después de nueve años, Martha Argerich volvió a Buenos Aires para producir, nada menos que con Daniel Barenboim y la Orquesta West-Eastern Divan, uno de los acontecimientos musicales más extraordinarios de los últimos tiempos.

Martha es una artista sobrenatural. Es difícil pensar en otro músico capaz de generar la magia que ella logra cuando sus dedos recorren el teclado. El Concierto para piano y orquesta Nº1 de Beethoven, que tantas veces interpretó, sonó como una obra absolutamente novedosa, con una enorme riqueza discursiva y con esa espontaneidad única, instintiva y a la vez cuidadosamente estudiada, propia de las lecturas de esta pianista descomunal. Cada frase tuvo un desarrollo sorprendente y toda su ejecución logró un efecto hipnótico en la audiencia. Barenboim guió a la orquesta con su habitual maestría, logrando que los músicos ingresaran en la quimérica atmósfera que creó Argerich, para establecer con ella un diálogo exquisito.

Los gestos de cariño y complicidad entre estas dos leyendas de la música fueron un espectáculo en sí mismos. No dejaron de intercambiar sonrisas y expresiones de recíproca generosidad. Al recibir los aplausos, Martha insistía en tomar la mano de Daniel, mientras él le indicaba que la ovación era, esencialmente, para ella. Finalmente, Martha se sentó ante el piano una vez más y brindó una de las Piezas de Fantasía de Schumann, para deleite y delirio del público.

Con esa atmósfera mágica aún en el ambiente, Barenboim y la Orquesta completaron la presentación con un nivel superlativo. El comienzo ya había sido impecable, con la Obertura de “Las bodas de Fígaro”, de Mozart. En la segunda parte, ofrecieron magníficas lecturas de las obras de inspiración hispana de Maurice Ravel. La Rapsodia Española sonó vibrante, con un refinado despliegue de colores y timbres. Siguieron la Alborada del gracioso y la Pavana para una infanta difunta, para culminar con una extraordinaria versión del Bolero, en la que, con escuetas pero elocuentes indicaciones de Barenboim, los solistas y cada una de las secciones exhibieron su excepcional calidad.

Barenboim suele ser generoso al momento de brindar bises. Esta vez, se escucharon los preludios de Carmen, de Bizet, y, a modo de obsequio para el público argentino, El firulete, de Mores, en arreglo de José Carli.

 

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