Mundo / 23 de agosto de 2014

El mundo en riesgo

A cien años de la Primera Guerra, la política internacional está sumida en el caos. Ucrania, Gaza, Irak y un mundo en llamas.

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Hace cien años, una chispa encendía llamas que incendiaban toda Europa, el Medio Oriente y el norte de África. Como en toda conflagración, la Primera Guerra Mundial tuvo causas y detonante. Las causas estaban en intereses económicos en pugna. Pero el detonante fue un magnicidio que provocó el ataque de Austria-Hungría a Serbia, un país política y económicamente marginal, situado en la periferia europea.

Si una chispa pequeña pudo generar hace un siglo semejante combustión, cuán vasto sería el conflicto que podría estallar en este tiempo en el que las chispas tienen el tamaño del cometa Halley. Las causas de una posible nueva gran conflagración se extienden desde los confines europeos hasta los mares asiáticos y el corazón del Oriente Medio. El doble asesinato que indignó al Imperio de los Habsburgo es una nimiedad al lado de los conflictos que actualmente se suman en los rincones con mayor octanaje.

Hasta tuvo un toque tragicómico el detonante del primer gran conflicto del siglo XX. Las balas que mataron en Sarajevo al archiduque Francisco Fernando y la archiduquesa Sofía fueron disparadas por el único miembro del grupo de conspiradores que no estaba autorizado para disparar. Porque era demasiado joven y enclenque, la organización secreta Mano Negra y el servicio de espionaje serbio enviaron a Gavrilo Princip de apoyo, pero sin permiso para abrir fuego contra el heredero del trono austrohúngaro.

Los agentes que debían cometer el magnicidio fallaron en dos oportunidades. Y casi de casualidad, Princip se encontró con el auto que llevaba al hombre que intentaba reemplazar la mano dura de su tío el emperador, por una política de seducción a las distintas naciones del imperio. Sacó entonces la Browning que ocultaba en su chaqueta y disparó, hiriendo de muerte a la pareja real. Parecía una comedia de los Monty Python. La policía atrapaba al escuálido magnicida mientras Neldjelko Cabrinovic, uno de los agentes que había fallado, intentó suicidarse mordiendo una pastilla de cianuro que estaba vencida y saltando desde un puente al río Miljacka, que llevaba poca agua y no le sirvió más que para darse un porrazo.

El crimen detonó la ira de Viena, cuya artillería se descargó sobre Belgrado activando la cadena de alianzas que desembocó en la guerra de las trincheras, las bayonetas y el debut de las armas químicas. Por estar aliada a Serbia, Rusia atacó al imperio austrohúngaro. La Alemania del Kaiser entró en favor del trono vienés, entonces su archienemiga, Francia, puso en vigor su pacto defensivo con Moscú. Paralelamente, el Imperio Otomano entró a favor de los ejércitos germánicos que peleaban contra Serbia, la nación eslava más odiada por Estambul.

Después se sumarían británicos y norteamericanos a favor de Francia y la Primera Guerra Mundial alcanzaría su siniestro esplendor.

El siglo XXI comenzó empapado de combustible y salpicado por chispazos que parecen erupciones volcánicas. En la frontera entre las potencias de Occidente y Rusia se concentra el mayor octanaje y saltan centellas con inmensa capacidad incendiaria. Europa ha vuelto a los tiempos del expansionismo territorial que debió terminar definitivamente con la Segunda Guerra Mundial.

Rusia anexó la Península de Crimea y armó milicias pro rusas poniendo en guerra el Este de Ucrania. El argumento de defender a la comunidad rusa que habita tierras que Catalina II conquistó en el siglo XVIII, con victorias de cosacos sobre tártaros, evoca la doctrina pangermanista que Hitler convirtió en justificación para anexar los territorios donde había población alemana.

Al fin de cuentas, la visión geopolítica con más gravitación en el Kremlin es la de Aleksandr Duguin, quien explica que Ucrania, en lengua eslava, significa “provincia”; que los ucranianos son los llamados “malorossi”, que significa “pequeños rusos”, y que el idioma que hablan fue inventado por los polacos del siglo XIX mezclando dialectos. Este pensador del nuevo nacionalismo ruso propone la creación del “lebensraum” (espacio vital) euroasiático, gigantesco imperio continental que pondrá fin al dominio global y liberal norteamericano.

Fue precisamente Duguin quien planteó una posible “tercera guerra mundial” producida por Estados Unidos para impedir la concreción del euroasianismo.

El fantasma de esa guerra merodea la zona fronteriza ruso-ucraniana donde las milicias combaten para salir de la égida de Kiev. De quedar acorralados contra la derrota, esos grupos armados intentarán que Rusia se involucre directamente en el conflicto.

Si eso ocurre, el riesgo de una conflagración armada entre las superpotencias militares crecerá de manera alarmante.

Quizá por la influencia del proyecto euroasiático en el Kremlin, más que por proteger a los árabes cristianos y a la minoría yazidi, es que Obama decidió el regreso de Estados Unidos a Irak, bombardeando a los yihadistas ultraislámicos que controlan el centro-norte iraquí.

Irak se está desintegrando y Washington quiere contrapesar desde el norte la influencia que tendrá Irán en el sur chiíta, afianzando con los kurdos una alianza que comenzó impidiendo que su capital, Ebril, cayera en manos del llamado Estado Islámico Irak-Levante.

Los bombardeos norteamericanos empezaron mientras Israel y Hamas mantenían el duelo de artillería que ganó, en términos militares, el ejército israelí, pero favoreció, en términos políticos, a la estrategia de la organización islamista: estigmatizar al Estado judío como “genocida” y “asesino de niños”.

Mientras la derecha que lideran Netanyahu y Lieberman siga siendo funcional a la estrategia de Hamas, o mientras la sociedad israelí no advierta el fracaso de los gobiernos derechistas, la sombra de una nueva estigmatización seguirá deteriorando la imagen del Estado judío con el objetivo de que el mundo consienta un futuro ataque aniquilador contra Israel.

El nacionalismo euroasianista ruso también es anti-israelí. Y posiblemente en la misma vereda se acomode China, que está acrecentando tensiones con aliados de Washington como Japón, por las islas Senkaku; con filipinos y surcoreanos por fronteras marítimas, y con Vietnam por una plataforma petrolera que Beijing instaló en aguas que Hanoi considera propias.

El mundo ya no es como aquel en el que estalló una Guerra Mundial cuyo resultado dejó el camino abierto a otra Guerra Mundial. La Destrucción Mutua Asegurada por los arsenales nucleares es una de las diferencias y sigue, como en los tiempos de la Guerra Fría, bloqueando la posibilidad de que estalle la tercera conflagración global.

Pero el combustible que empapa buena parte del planeta tiene altísimo octanaje y, a diferencia del magnicidio de Sarajevo que actuó como detonante, las chispas de estos días son bastante más grandes. Y peligrosas.

* Profesor y mentor de ciencia política,

Universidad Empresarial Siglo 21.

 

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