Mundo / 7 de Septiembre de 2014

Giro liberal en Francia

Cambios en el gabinete y un nuevo rumbo tras la derrota en las urnas y el estancamiento económico. La comparación con Argentina.

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Los socialistas franceses pusieron el grito en el cielo cuando François Hollande clarificó la línea económica de su gobierno. El anterior cambio en el gabinete había dejado planteado un enigma similar al que se planteó en Argentina con la última modificación del gabinete de Cristina Kirchner.

En ambos casos, parecía una señal a la derecha y a la izquierda al mismo tiempo. Nombrar a Jorge Capitanich como jefe de Gabinete (devaluado equivalente al cargo de primer ministro en el presidencialismo galo), designando a Axel Kicillof en Economía, parecía una contradicción o una trampa, porque estaba claro que representaban posiciones económicas diferentes. Si los dos ejercían sus respectivos cargos desde sus propias convicciones económicas, se neutralizarían mutuamente porque Capitanich representaba el pragmatismo peronista, mientras que Kicillof expresa un cristinismo marcadamente ideológico. De tal modo, al designarlos, solo Cristina sabía cuál de los dos indicaba el rumbo que ella había decidido seguir.

El presidente francés, igual que su colega argentina, tuvo que hacer cambios en su gobierno después de un duro revés electoral. También igual que Cristina realizó una jugada enigmática: designó un primer ministro y un ministro de Economía que están en los polos opuestos que tiene el Partido Socialista. El premier Manuel Valls representa al ala partidaria que el sector del designado en la cartera económica, Arnaud Montebourg, llama despectivamente “social-liberal”.

El gobierno tenía una dirección neutra que había conducido al empantanamiento económico y, como consecuencia, al voto castigo en las elecciones municipales y regionales. Tras la debacle en las urnas, Hollande reformó el gabinete, nombrando a dos figuras ideológicamente opuestas en lo económico. De tal modo, estaba claro que una de ellas representaba la decisión presidencial del rumbo, mientras que la otra era un señuelo.

Si al rumbo lo representaba el estatista Montebourg, entonces lideraría el ala izquierda y Valls sólo estaría para mantener el apoyo del empresariado y el sector financiero. En cambio si al rumbo lo imponía el primer ministro, entonces el titular de Economía estaba como señuelo para mantener el apoyo de las bases izquierdistas.

El enigma empezó a develarse poco después, cuando las primeras medidas evidenciaron el pragmatismo liberal de Valls y comenzaron a escucharse las quejas y críticas de los liderados por el ministro de Economía. El Partido Socialista empezó a crujir con la rebelión de un nutrido grupo de legisladores oficialistas. Y cuando el propio Montebourg lanzó dardos envenenados contra las medidas que le imponían, Hollande sinceró las cosas reemplazando al ministro de Economía por un ex banquero, millonario y pragmático que expresa, incluso más que el primer ministro, al ala social-liberal del partido: Emmanuel Macron.

Es un personaje atractivo. Joven, con una fortuna que amasó como banquero y cierto virtuosismo para ejecutar en el piano desde Mozart hasta la Gymnopedie, de Eric Satie.

A esos rasgos que lo distinguen en la clase política, se suma la particularidad de su visión política y económica. Está afiliado desde siempre al Partido Socialista, pero enarbola un pragmatismo que le permite plantear valores socialdemócratas sin menospreciar a la empresa privada. Por el contrario, la defiende, del mismo modo que defiende el rol del mercado en la economía, sin excluir al Estado.

Si bien se sabe capitalista y no propone colectivizaciones ni estatismo total, al ala izquierda del PS no le cae bien la defensa del Estado que también resalta la importancia del mercado. Por eso el reemplazo de Montebourg por Macron generó un bullicioso debate interno que amenaza con debilitar aún más al gobierno que encabeza Hollande.

Por suerte para el presidente, en el mismo puñado de días la Justicia francesa puso a una figura de la derecha en el escenario de un escándalo. La refinada y elegante Christine Lagarde quedó imputada en un caso que lleva tiempo generando indignación contra el gobierno que presidió Nicolás Sarkozy y del cual la actual directora del FMI era ministra de Economía.

La raíz del caso está a principios de los noventa, cuando François Mitterrand pidió al empresario Bernard Tapie que vendiera su empresa para sumarse al gobierno socialista sin incompatibilidades. Tapie vendió nada menos que Adidas a Credit Lyonnais y ese banco semiestatal la vendió luego a una cifra muy superior a la que la había comprado.

El empresario montó en cólera y planteó una demanda, en la que afirmaba haber sido estafado. Un fallo le dio la razón y fijó una compensación a su favor de 135 millones de euros. Pero la Corte Suprema consideró que semejante fallo era desopilante y lo anuló, dejando a Tapie sin nada.

No obstante, cuando Sarkozy llegó a la presidencia, Tapie pasó a tener un amigo en el despacho principal del Palacio Eliseo. Por tanto, había una nueva oportunidad para el ex dueño de Adidas, quien logró del gobierno la conformación de una comisión “independiente” que resolvió algo aún más absurdo que el fallo anulado por la Corte: una compensación casi tres veces mayor.

El escándalo derivó en un nuevo proceso judicial, esta vez contra el gobierno de Sarkozy. En ese marco quedó imputada la actual directora del FMI.

Muchas voces en el mundo sugieren que Christine Lagarde debe renunciar al Fondo por haber quedado imputada, pero la economista francesa parece pensar que, si en Argentina un vicepresidente que colecciona imputaciones y procesamientos no renuncia a semejante función, por qué debería renunciar ella a un cargo meramente técnico. Como fuere, ese debate tapó las discusiones que estallaron entre los socialistas franceses por el giro liberal de Hollande.

El reemplazo de Montebourg por Macron terminó de develar que la decisión del presidente pasa más cerca de Angela Merkel que de la izquierda de su partido. En cambio, la incógnita que Cristina había planteado designando a Capitanich y Kicillof se develó de otra manera.

El pragmático Capitanich quedó pintado y cumpliendo la función de relator diario de las decisiones del ideologizado ministro de Economía. Aunque el caso argentino no parece responder a una decisión presidencial previa, como lo fue el rumbo apuntado por el presidente socialista francés, sino a volantazos que se dan de acuerdo con las circunstancias que se van presentando.

Así lo sugiere el abrupto paso del pago al CIADI, a Repsol y al Club de París, a la radicalización de las medidas estatistas que intenta Kicillof. Los fondos buitre y el fallo de Griesa son enemigos que no puede desaprovechar el “relato”. Y si para aprovecharlos hay que zigzaguear, se zigzaguea.

 

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