Teatro / 17 de septiembre de 2014

TEATRO

La canción en nuestras vidas

“Nosotros… los amantes”. Autor y director: Alejandro Ullúa. Con Christian Giménez, Magalí Sanchez Alleno y elenco. Teatro 25 de Mayo, Triunvirato 4444.

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★★★★ Las ideas más sencillas pueden generar en ocasiones los espectáculos más bellos: un director de teatro, Alejandro, decide rendir un homenaje a sus padres fallecidos poco tiempo atrás, y pone en escena una versión de sus vidas más amable que la real. Él mismo lo anuncia, al comienzo; dice que la ficción le permite soslayar los detalles oscuros que pueden salpicar la vida de cualquiera. Y así, con este solo gesto, produce su primer acto de amor.

En Santiago del Estero, una maestra rural y un obrero se conocen en un baile y se enamoran de un modo inmediato y profundo. La historia va a contarse a través de un hilo de canciones que han cincelado la vida de la pareja y también, en diferentes momentos, han tocado el corazón de cada uno de nosotros. “It’s De-Lovely”, de Cole Porter, canta como nadie la dicha incontenible del nacimiento de un amor. Luego, “Someone to watch over me”, de Gershwin, describe esa forma de paz y esperanza que propone el matrimonio. Luego viene la vida misma, un tango de Gardel, un vals de Shostakovich, fragmentos de su historia que generan delicias musicales como la versión ensamblada de “Amanecí otra vez”, de Jiménez, y “Soy lo prohibido”, de Cantoral. O el dúo de “Samba en preludio” y “Eu sei que vou te amar”, de Jobim y Vinicius De Moraes.

Las canciones son cantadas en su propio idioma, por un grupo de artistas de calidad sorprendente, educados en la tradición más exigente de la comedia musical. Sebastián Holtz como Alejandro, se da el gusto de cantar en la boda que imagina de sus padres. Christian Giménez es Humberto y Magalí Sanchez Alleno es Elena. Daniela Pantano cruza la escena como la tentación vestida de rojo. Ana Rodríguez puede arrancar lágrimas con “Smile”, de Chaplin, y Fernanda Vallejo evoca la inmortal “Over the rainbow”. No alcanza el espacio para destacar a cada uno de los integrantes, pero juntos ofrecen un espectáculo de belleza contundente y musicalmente conmovedor.

Hernán Matorra, sentado al piano en escena, es el arreglador y director musical de la pieza. La coreografía está a cargo de Alejandro Ibarra; con sus figuras magnéticas y expresivas cuenta también la historia del mundo, aunque los bailarines solo vistan blanco y negro. Nada más se necesita; la escenografía más sencilla y un cuerpo de baile que parece capaz de volar. Y por supuesto las canciones, las que siguen activas en la memoria y otras que se creían olvidadas; Alejandro Ullúa tiene el don de llegar con la música al punto exacto de la emoción. Una ofrenda a los padres dedicada a sus hermanos: lo que pone en escena es un acto de amor.

 

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