Opinión / 22 de septiembre de 2014

Los idus de diciembre

Una vez fuera del poder, el kirchnerismo podría tener el destino triste del menemismo con el que tiene tanto en común.

MOYANO. La Presidenta lo acusa de alentar un estallido social para fin de año.

De haberlo dicho Elisa Carrió, el mundo K se le hubiera caído encima. Carlos Kunkel, la Conti, Hebe, el bueno de D’Elía, Jorge Capitanich y otros guardianes del fuego sagrado nos estarían asegurando que la chaqueña es una pitonisa irresponsable a quien le encanta asustar a la gente hablándole de calamidades apocalípticas por venir. Pero sucede que en esta oportunidad la culpable de sembrar miedo fue Cristina. Según la Presidenta, los sospechosos de siempre están preparando un “estallido social” para diciembre y, para que la función principal les resultara más emocionante, en cualquier momento podrían entretenernos con “una matinée”. No se trataría de lo que, por motivos misteriosos, algunos políticos llaman una “eclosión social” –la que, pensándolo bien, sería muy agradable–, sino de una sublevación popular anárquica y saqueadora que sólo serviría para depauperar todavía más a los ya amenazados por la indigencia.

A ojos de los K, el conspirador en jefe es el sindicalista Luis Barrionuevo. Quieren verlo entre rejas por atentar contra la convivencia democrática. Tomaron por una advertencia truculenta su afirmación de que el fin de año será caótico debido a los estragos provocados por la inflación. Por lo demás, dieron por descontado que el gastronómico haría lo necesario para que se cumpliera su profecía alarmante con el propósito de acortar el mandato de Cristina, ya que, como aseveró, “el tiempo de la política no es el tiempo nuestro”.

Puede que Barrionuevo se haya ido de boca sin medir el alcance de sus palabras, como explicó Sergio Massa, el líder de la agrupación Frente Renovador en la que milita el dirigente sindical, pero dista de ser el único que teme, o quiere, que la apisonadora económica, motorizada por una tasa de inflación superior al 40% anual y una recesión que está destruyendo puestos de trabajo, haga trizas del quebradizo orden constitucional. Para los convencidos de que la falta de justicia social no sólo es una afrenta a la dignidad humana sino que también plantea una amenaza al sistema político y económico imperante, sería lógico que la crisis que el país está sufriendo tuviera consecuencias muy graves. Al fin y al cabo, fue en base a dicha convicción que el gobierno kirchnerista aumentó hasta niveles sin precedente el gasto público, improvisó una maraña de subsidios entrecruzados insostenibles, incorporó a sus huestes a algunas organizaciones de piqueteros y se negó a hacer un esfuerzo por frenar la inflación antes de que se desbocara.

El miedo a que un día los que se sienten excluidos de la parte más próspera de la economía se desahoguen atacando a los relativamente acomodados es, desde hace siglos, una constante de la política de todos los países latinoamericanos. Los más beneficiados por las pesadillas ocasionadas por la conciencia de que los enclaves pudientes se ven rodeados por multitudes de hambrientos no han sido los “revolucionarios” de izquierda sino los populistas que, con astucia, se las han arreglado para comportarse como si fueran oligarcas paternalistas que a su manera particular sufren con “los humildes” y que, en el fondo, comparten sus valores.

Gobiernos populistas, como el de Cristina, han sabido aprovechar el rencor resignado de los marginados para atrincherarse en el poder, pero lo han hecho perpetuando el statu quo, puesto que para modificarlo hubieran tenido que emprender reformas drásticas contra la voluntad no sólo de los que comprometidos con un sistema que les conviene sino también de los pobres mismos. Estos siempre tienen motivos de sobra para aferrarse a lo poco que tienen y por lo tanto temen los cambios abruptos, sobre todo a los que, según los impulsores, no brindarían enseguida los resultados vaticinados. Es que los populistas, especialistas en luchar por “lo nuestro”, son conservadores por antonomasia. Acaso sin proponérselo, se concentran en defender lo existente, o sea, sus privilegios y aquellos de sus adherentes más útiles, a costa del bienestar de los demás.

El peronismo es uno de los movimientos conservadores, podría decirse anestesiadores, más exitosos que ha conocido el mundo moderno. Para envidia de sus rivales, pronto aprendió a alimentarse de sus propios fracasos. Lo ha ayudado mucho su hipotético monopolio de “la gobernabilidad”. Nadie ignora que, si bien los peronistas suelen gobernar mal, despilfarrando en un lapso muy breve lo ahorrado por otros en el transcurso de varias generaciones, son más que capaces de impedir que sus adversarios, comenzando con los radicales, lo hagan un poco mejor, de ahí los problemas insuperables que ocasionaron con el propósito de forzar a los presidentes Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa a abandonar la Casa Rosada antes de la hora prevista por el calendario constitucional. Cuando aluden a la gobernabilidad, los operadores del PJ hablan como mafiosos amables resueltos a persuadir a un empresario que sería de su interés dejar que lo protegieran, diciéndole que, a menos que les compre un seguro, alguien podría quemar su negocio.

No extraña, pues, que Cristina, una peronista que entiende muy bien la forma de pensar y actuar de los compañeros, se haya sentido perturbada por la posibilidad, por remota que fuera, de que algunos quisieran defenestrarla. Desde su punto de vista, son mucho más peligrosos que los radicales, tan dóciles ellos, los socialistas o los partidarios de Mauricio Macri. No se equivoca. De llegar los “barones” peronistas del conurbano bonaerense a la conclusión de que les sería mejor una convulsión descomunal, en la que todos suplicarían gobernabilidad, que una transición tranquila bendecida por el Papa en la que la economía seguiría despedazándose, depositando a buena parte de su clientela electoral en la miseria más absoluta y empobreciendo a una franja sustancial de lo que aún queda de la clase media, algunos no vacilarían en reeditar las hazañas desestabilizadoras que tantos beneficios les aportaron en el pasado.

También los hay que juegan con la noción de que Cristina misma podría preferir un final prematuro épico, wagneriano, a más de un año de poder menguante en un país asolado por una crisis económica inmanejable. Es que la señora se ha acostumbrado a administrar la abundancia –verdadera o meramente ficticia, le da igual–, de suerte que no le haría ninguna gracia sentirse constreñida a continuar gobernando en una etapa signada por la estrechez extrema, con la caja casi vacía y el dólar una obsesión universal.

Aunque Cristina y sus fieles puedan consolarse atribuyendo el estado lastimoso de las cuentas nacionales a la perversidad de los buitres, los jueces norteamericanos, los medios de “la mala onda y la cadena del desánimo”, los brasileños, los empresarios encanutadores que siempre piden más y, huelga decirlo, personajes como Barrionuevo y Hugo Moyano, no podrán sino deprimirse cuando piensan en los más de catorce meses de travesía por el desierto que les aguardan sin que haya esperanza alguna de que alcancen la tierra de promisión populista. Asimismo, si bien a juzgar por el fantasioso presupuesto 2015, Axel Kiciloff tiene la intención de aplicar lo que en otras circunstancias llamaría un ajuste salvaje, típico de los neoliberales desalmados, sorprendería que Cristina le permitiera hacerlo; en cuanto se produzcan las previsibles reacciones populares, le pedirá cambiar nuevamente de rumbo.

Por motivos que tienen menos que ver con su eventual apego a las formalidades institucionales que con sus propios intereses, la mayoría de los políticos opositores espera que, con muletas o en silla de ruedas, el gobierno kirchnerista sobreviva hasta el 10 de diciembre de 2015. No quieren que escapara antes, dejando a otros la tarea nada grata de desactivar todas las bombas de tiempo que ha armado. He aquí una razón por la que les preocupan los pronósticos tanto de la Presidenta como de Barrionuevo en torno a la inminencia de un “estallido” que, de concretarse, los obligaría a reescribir sus propios “relatos” en los que ocupa un lugar importante el desaguisado apenas concebible confeccionado por los kirchneristas. Esperan que, ya terminada la fiesta populista, sea el gobierno actual, no el siguiente, el encargado de limpiar el local.

Para desazón de muchos, el naufragio del “modelo” aún no ha privado a Cristina del apoyo de una parte sin duda minoritaria pero así y todo significante de los habitantes del país. Parecería que el 25 por ciento aproximadamente sigue confiando en sus dotes taumatúrgicas, lo que, en teoría por lo menos, le permitiría competir con los tres presidenciables mejor ubicados en una eventual primera vuelta electoral, aunque, en el ballottage, correría el riesgo de seguir los pasos del compañero Carlos Menem que, a sabiendas de que caería derrotado por un margen humillante, optó por borrarse. Lo mismo que los dependientes del riojano en 2003, los allegados de la santacruceña adoptiva están esforzándose por creer que la lealtad de los pobres de siempre y de los recién depauperados se mantendrá inalterable por mucho tiempo más. Es factible, pero lo más probable es que, una vez fuera del poder, el kirchnerismo comparta el destino triste del menemismo con el que tiene tanto en común.

 

2 comentarios de “Los idus de diciembre”

  1. Lamentablemente en nombre del peronismo se infiltran personas que se llevan puesto el pais.Son estafadores del pueblo argentino…..

  2. “Peronismo” es sinònimo de “cualquier cosa pero siempre primero YO” ?!Y es el pueblo que elige a esos seres que parecen “trabajar” para que el paìs siga siendo un virreinato.Si es asì entonces la Emperatriz Viuda es peronista.En cuanto al “triste” final del menemismo lo estamos pagando todos !

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