Mundo / 27 de Septiembre de 2014

El sueño del país propio

El referéndum en Escocia y los movimientos independentistas europeos. Cómo se prepara Cataluña para votar por su futuro.

Por

Los independentistas catalanes contuvieron la respiración mientras los escoceses votaban. Sabían que en esas urnas encontrarían un espaldarazo a su causa, o un motivo para que Cataluña dude sobre la conveniencia de la separación.

Si Escocia se atrevía a la independencia, entonces separarse no parecería una aventura temeraria ni un salto al vacío. Pero si, habiendo llegado hasta la puerta de salida, la nación celta decidía volver sobre sus pasos y seguir habitando el hogar británico, habría  más catalanes pensando que afuera de España puede estar la intemperie.

Sin embargo, hay diferencias entre la razón separatista escocesa y la catalana. La principal es la que está en el fondo de la historia. Escocia es parte del Reino Unido por decisión propia, mientras que Cataluña tiene razones para sentir que su pertenencia a España viene de una imposición.

Las coronas inglesa y escocesa habían comenzado a unirse a principios del siglo XVII, cuando llegó al trono de Inglaterra el rey escocés Jacobo VI. Pero Gran Bretaña nació en 1707, cuando los parlamentos de Londres y Edimburgo aprobaron las Actas de la Unión.

Por cierto, en aquellas votaciones no faltaron intrigas y truculencias. Hubo presiones y sobornos, imponiéndose finalmente los unionistas por las divisiones entre los partidarios de mantenerse separados. De todos modos, que a comienzos del siglo XVIII hayan sido dos parlamentos los que aprobaron un proceso de integración entre dos estados, confiere al nacimiento de Gran Bretaña rasgos de progreso y democracia que ningún otro reino europeo de la época podía mostrar.

Así como ahora gravitaron razones económicas para tentar la voluntad independentista, en un sentido inverso aquella Escocia dieciochesca tenía urgencias de la economía para unirse a los ingleses.

 

Un fallido intento de colonización en Centroamérica y otras iniciativas erróneas habían ocasionado grandes pérdidas y endeudamientos. El acuerdo con Londres abría puertas a soluciones financieras que Edimburgo no estaba en condiciones de desaprovechar.

Trescientos siete años después, fue la crisis europea poniendo la proclividad inglesa al ajuste en choque con el apego escocés por el Estado de Bienestar, y la idea de que como país independiente sería inmensamente más rentable el petróleo del Mar del Norte, lo que convenció a los nacionalistas que era el momento de separarse.

Esa idea fue central en el discurso del premier Alex Salmond y el Partido Nacional Escocés a favor del “Si”, pero el resultado sugiere que fue más convincente la oposición tory, laborista y liberal demócrata explicando que la prosperidad y el desarrollo son atributos británicos objetivamente comprobables, mientras que el  divorcio como un salto a la riqueza es algo mucho más incierto de lo que aseguran los independentistas.

El eco del “No” escocés retumbó en rincones europeos donde los mapas muestran viejas fisuras; como Bélgica, donde los flamencos están tan a gusto con los valones como lo estaban los checos con los eslovacos. Pero donde más se sintió la decisión de Escocia fue en Cataluña. Los partidarios de la independencia no recibieron el espaldarazo que esperaban y los españolistas suspiraron aliviados.

De todos modos, las diferencias entre ambos casos limitan la influencia del referéndum escocés en el norte ibérico. Sucede que la identidad de Escocia nunca fue avasallada dentro del Reino Unido. Sus diferencias culturales e idiosincráticas con los ingleses son más fuente de diversidad enriquecedora que de tensiones y aversiones.

Su espíritu más comunitario y menos individualista que el de los ingleses pudo mantenerse bajo el Estado británico y conservar su inclinación socialdemócrata, en contraste con el libremercadismo al que es más proclive Inglaterra. En cambio Cataluña ha visto avasallada su identidad nacional y cultural durante la mayor parte de su pertenencia a España.

Con la democracia llegó la autonomía y el derecho a la propia lengua, la bandera (a la que llaman “Senyera” y tiene las barras rojas y amarillas del escudo de la antigua corona de Aragón), además del idioma y ciertas instituciones, como la “generalitat”, que es el gobierno autónomo. Pero en la antesala de estas conquistas democráticas estuvo la dictadura de Franco, con su centralismo castellano y su aversión por las identidades culturales.

Barcelona tiene las cicatrices de los bombardeos franquistas en la Guerra Civil. Activan en la memoria histórica el sitio de casi un año que tendió sobre la ciudad la fuerza franco-castellana enviada por Felipe V para someterla.

 

A diferencia de la mayoría de los pueblos del mundo, el día nacional de los catalanes evoca una derrota. “La caída de Barcelona” el 11 de septiembre de 1714 es la “díada”. Sometida por el primer rey Borbón, Cataluña perdió sus leyes y sus instituciones. Su aversión no es contra España sino contra Castilla, la región central y desértica que, en el sentimiento de muchos catalanes, sometió siempre a otras naciones vecinas para abastecerse de sus riquezas naturales.

El centralismo político y el supremacismo cultural castellano están detrás del anhelo independentista reactivado por la crisis financiera que golpeó la parte más débil de la eurozona. El manejo de las finanzas que hizo Madrid y el pronunciamiento de la máxima instancia judicial española en el 2010, desconociendo “otra nación que no sea la española”, inflamaron el nacionalismo, convirtiendo al partido separatista Esquerra Republicana en la primera fuerza política y sacando a Convergencia i Unió de su habitual moderación.

Normalmente, los procesos de integración van en el sentido del progreso y los separatismos implican riesgos de retroceso. Pero el caso catalán es diferente. Sucede que el marco de integración a tener en cuenta debería ser Europa, no España. Y la Unión Europea, el estadio superior de la integración en el Viejo Continente, se fortalecería en el trato directo entre su capital política y administrativa, Bruselas, y la capital de la nación catalana, Barcelona.

Con Madrid en el medio el trato es indirecto, salvo que Cataluña exprese su voluntad de pertenencia a España. Por eso la UE debiera favorecer la creación de un marco jurídico para el referéndum catalán del 5 de noviembre. La voluntad expresada en las urnas no puede debilitar, sino fortalecer.

Incluso si la mayoría votara a favor de seguir siendo España, la historia habrá cambiado, porque los tres siglos transcurridos desde “La caída de Barcelona” hasta hoy, tuvieron mucho de imposición; mientras que la pertenencia iniciada a partir del referéndum será consecuencia de la voluntad de una nación.

La diferencia entre una situación y la otra es la diferencia entre imposición y decisión.

 

*Profesor y mentor de Ciencia Política,

Universidad empresaria Siglo 21.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *