Mundo / 25 de octubre de 2014

La sombra de Francisco

El último Sínodo sobre la Familia del Vaticano demuestra que el Papa aún deberá darles batalla a los sectores conservadores.

Por

El tiempo es superior al espacio”. Enigmática frase de la “Envangelii Gaudium” que el lúcido vaticanista Sandro Magister interpreta como señal de la paciencia infinita, serena y estratégica del Francisco. El articulista de L’Espresso la citó al explicar lo ocurrido en el Sínodo sobre la Familia, el campo en el que se dirimen las corrientes opuestas de la iglesia. Y la sensación que dejó en muchos el primer paso hacia el documento que surgirá del encuentro sinodal del 2015, es que el ala conservadora está dispuesta a resistir las aperturas y reorientaciones que pretende el pontífice argentino.

A esta asamblea de obispos, Bergoglio la condujo con la paciente inteligencia del ajedrecista. Creando el clima adecuado para que cada uno exprese su convicción más profunda y de paso deje expuesta, mediante la forma de expresarla, su posición en el tablero eclesiástico. Por eso se produjeron las primeras embestidas abiertas y públicas de quienes ven en las intenciones del Papa los riesgos y acechanzas que traerían a la iglesia las aperturas y reformas.

Igual que Juan Pablo II frente al estado asambleario de la iglesia conciliar que habían dejado Juan XXIII y Pablo VI, los que observan con preocupación y desconfianza a Francisco temen que con la milenaria institución católica ocurra algo similar a lo ocurrido con la Unión Soviética: la reforma y la apertura que implicaron la Glasnost y la Perestroika no trajeron, como esperaba Mijail Gorbachov, un socialismo humanizado y mejorado con libertades y democracia, sino la desaparición súbita del Estado comunista que había fundado Lenin.

Hay edificios que no pueden abrir sus ventanas sin que incontrolables vendavales los derriben. Así ven a la Iglesia sectores de la curia romana, el colegio cardenalicio y el clero esparcido por todo el mundo. Y en este sínodo expresaron abiertamente y en términos duros que “es imprudente” revisar ciertas posturas tradicionales. De ser por ellos, seguirían tratando a la homosexualidad como un desvío o enfermedad y al divorcio como la inaceptable ruptura entre quienes “Dios ha unido hasta que la muerte los separe”.

La espiritualidad de Bergoglio no está hecha de energías en armonía, como diría él, sino de rostros humanos: Jesús, San Francisco, San José, María…”. Así lo describe Antonio Spadaro, el jesuita que dirige La Civiltá Cattolica.

En un extenso diálogo, el Papa le confiesa que lee apasionadamente a Henri de Lubac, uno de los principales exponentes de la “Nouvelle Theologie Française”. También que se sumerge a menudo en la profundidad del pensamiento de Michel de Certeau, el filósofo jesuita que escribió “La Invención de lo Cotidiano”.

En esas páginas encuentra una interpretación del mensaje evangélico como acompañamiento de lo humano, como abrazo cálido de comprensión y compasión. Por eso, inexorablemente, Francisco marchará a contramano de la iglesia de los anatemas y los castigos. Esa iglesia que juzga, estigmatiza, condena y excomulga, es fundamentalmente una iglesia de poder. Instrumento y estructura que genera una casta solemne con derecho a establecer lo aceptable y lo inaceptable para sancionar y anatemizar.

Esa es la iglesia que comenzó a edificarse a partir del Edicto de Milán del año 313. Y esa institución no incluye el factor “amor” cuando se plantea las relaciones entre las personas.

Por eso niega el derecho a divorciarse a esposos que han dejado de amarse y niega el derecho a casarse a enamorados que se hayan divorciado de anteriores parejas. Que se amen o no, pasa a ser una cuestión menor desde la perspectiva que ha dominado al catolicismo durante más de un milenio.

Por la misma razón juzga la homosexualidad como enfermedad y desviación inaceptables. La juzga solo desde lo sexual, sin plantearse la cuestión de fondo: en una porción de la especie, el amor se da entre personas del mismo género.

El dato de la realidad que la iglesia-estructura de poder se resiste a aceptar, es que puede haber amor de pareja entre seres del mismo género y que puede no haberlo en matrimonios heterosexuales.

Durante sus dos mil años de historia, la iglesia-poder ha bendecido bodas en los que el vínculo no tenía que ver con el amor sino con dinero, o acuerdos familiares, o alianzas tribales, o pactos entre estados.

Todas las religiones menospreciaron el sentimiento fundamental en la relación de pareja, a la hora de juzgar y pronunciarse sobre matrimonio y familia. Pero las iglesias cristianas están obligadas a corregirse por profesar la única religión que parte de la definición teológica “Dios es amor”.

Ese es el debate que quiere dar el Papa. Por eso quedó a contramano de la iglesia de los anatemas y condenas; la Iglesia que juzga, y sanciona empezó a dar pelea contra la nueva idea evangélica. El campo de batalla es el sínodo sobre la familia.

La Iglesia que defiende su poder reservándose el derecho al juicio y al castigo, está en las antípodas de lo expresado por Francisco sobre los homosexuales: “Quién soy yo para juzgarlos”.

Esa frase sísmica orada la noción de infalibilidad papal. “Quién soy yo para juzgarlos” es la antítesis de los papas infalibles que han imperado desde el Edicto que empezó a verticalizar y convertir en estructura de poder lo que, hasta Constantino, había sido una iglesia horizontal y asamblearia.

Solo Juan XXIII y Pablo VI habían rechazado la absurda idea de la infalibilidad de los papas. No lo hicieron con palabras sino con un acto que conmocionó a la iglesia-poder: el Concilio Vaticano II.

Por eso es también un mensaje el que dio Francisco al beatificar a Giovanni Batista Montini, el “papa Pablo” que continuó la obra que Angelo Roncalli, “el papa Bueno”, había puesto en marcha al sentarse en el trono de Pedro.

Por más que la diplomacia vaticana y los voceros de la “Santa Sede” se esmeren en relativizar las discrepancias que surgieron en el sínodo, y también en suavizar las críticas que vienen descargando sobre el Papa los grupos conservadores hasta el oscurantismo, el grueso calibre usado para expresar ciertos disensos es confirmado por exponentes como el cardenal Raymond Burke.

En una entrevista con la revista francesa Famille Chrétienne, el prefecto del Supremo Tribunal de la Signatura Apostólica exigió “cambiar radicalmente” el texto que había sugerido Francisco para el documento de la reunión de obispos.

“Los padres sinodales han considerado inaceptables las afirmaciones sobre las relaciones sexuales fuera del matrimonio y entre personas del mismo sexo”, dijo el duro prelado.

El cardenal Burke dejó a la vista la voluntad de resistencia de la iglesia de las condenas y anatemas, contra el Papa que, en referencia a los homosexuales, preguntó “quién soy yo para juzgarlos”, y que se dispone a jugar un complejo ajedrez convencido de que “el tiempo es superior al espacio”.

 

* Profesor y mentor de Ciencia Política,

Universidad Empresarial Siglo 21.

 

5 comentarios de “La sombra de Francisco”

  1. LA IGLESIA ES ETERNA, LAS PUERTAS DEL INFIERNO NO PREVALECERÁN SOBRE ELLA, HA SUPERADO MUCHAS VECES LOS PROBLEMAS PORQUE ES OBRA DE DIOS Y EL LE PROMETIÓ SU AYUDA HASTA EL FIN DEL MUNDO.

  2. Indudablemente este “profesor” de una seudo universidad no conoce el pensamiento de la Iglesia Católica, creerá que con la misericordia todo se arregla

    1. Veo que son unos tibios mejor dejen sin efecto mi opinión. Censura total de vuestra parte. Así va el país.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *