Mundo / 8 de Noviembre de 2014

La Stalingrado kurda

Mientras los ejércitos huyen ante el avance del Estado Islámico, los milicianos defienden la ciudad de Kobane y resisten con heroísmo.

Por

guerra. En la frontera los tanques turcos no avanzan contra ISIS.

Hasta hace poco, Kobane era una palabra desconocida en casi todo el mundo. Para el grueso de la humanidad, podía ser una isla volcánica del Indico o una marca asiática de artículos electrónicos.

Pero desde hace semanas, Kobane empieza a sonar como suena la palabra Stalingrado. Más que el nombre de una ciudad remota, su significado tiene que ver con el coraje y la resistencia de un pueblo que decidió no capitular ante la crueldad más sanguinaria.

Cuando la 6ª división de la Wehrmacht llegó en 1942 a la ciudad de las orillas de Volga, el mariscal Von Paulus pensó que ocuparla sería tan fácil como lo había sido con las aldeas ucranianas al comienzo de la Operación Barbaroja. No tardó en percatarse de su error. La resistencia que los nazis encontraron fue increíble. Los soldados y milicianos soviéticos defendieron cada palmo de la cuidad que abría el paso hacia los Urales. Se combatió calle por calle, casa por casa, metro por metro, hasta que la palabra Stalingrado dejó de ser el nombre de la ciudad rusa para significar heroísmo, dignidad y espíritu de resistencia.

Eso es lo que significa Kobane desde que Estado Islámico (EI) encontró en esa ciudad kurda de Siria una población dispuesta a combatir hasta la última gota de sangre.

Una ciudad que resiste sola, sin más ayuda que los esporádicos y poco eficaces bombardeos de los aviones norteamericanos que, a veces, también les lanzan armamentos que suelen caer en el lado equivocado. Resiste con menor poder de fuego que los atacantes, porque hasta que empezaron a llegar “peshmergas” (milicianos kurdos) desde Irak, solo tenían armas livianas para enfrentar a una fuerza que cuenta con tanques, carros blindados y artillería.

Los tres meses que llevan combatiendo en casi total soledad son una página de gloria en la historia del antiguo pueblo esparcido desde los montes Taurus hasta las puertas de Nínive, y desde la caucásica Najicheván hasta las mesetas persas. El pueblo que profesó el yadizimo antes de volcarse al Islam suní, y que obtuvo en el Tratado de Sévres un Estado independiente que perdió en el Tratado de Lausana, antes de haber podido constituirlo.

Los eternos parias del Oriente Medio no huyeron despavoridos, como los soldados de los ejércitos de Irak y Siria, cuando llegaron los lunáticos yihadistas que cortan cabezas. Se armaron como pudieron y tomaron la decisión de vender cara la derrota.

Primero fueron solo los kurdos de Turquía y de Irak los que apreciaron la resistencia de Kobane y reclamaron ayuda para ese pueblo que el ultra-islamismo sunita quiere aniquilar, como a los yazidis del monte Sinyar y a los caldeos, asirios y siríacos de las tierras regadas por el Tigris y el Eufrates.

En los últimos días, en muchas ciudades europeas hubo multitudes reclamando a sus pasmosos gobiernos socorrer a la ciudad kurda de la provincia siria de Alepo. A pesar de estar junto a la frontera, los tanques del ejército de Turquía se quedaron inmóviles. ¿Por qué? Porque Recep Tayyip Erdogán condicionó el salvataje a que la coalición internacional se comprometa a derribar el gobierno de Bashar al Asad.

El presidente turco plantea, sin equivocarse, que doblegar a los yihadistas que procuran controlar Kobane favorecerá al régimen sirio. De todos modos, con una población en peligro de ser exterminada, poner condiciones a una operación para salvarla constituye una extorsión inaceptable.

También es moralmente inaceptable la demora de Al Asad. El presidente sirio no envió una sola división del ejército a romper el asedio. Concentró el grueso de sus fuerzas en defender Damasco y combatir contra las otras milicias rebeldes, abandonando Kobane a su propia suerte.

La razón es la misma que arguye Erdogán, pero al revés: ¿por qué perder soldados sirios peleando contra un enemigo al que pueden y deben combatir Turquía, Irak, Estados Unidos, Europa y demás miembros de la coalición impulsada por Obama?

Pero el presidente turco tuvo una motivación más para dejar los tanques quietos durante meses en la frontera, mientras la artillería del EI bombardeaba la ciudad: allí hay milicianos y dirigentes del PKK (Partido de los Trabajadores Kurdos), organización separatista cuyo líder, Abdullahá Öcalán, está preso en una isla del Mar de Mármara.

Parece que al gobierno turco no lo conmueve que exterminen kurdos en Siria, sobre todo si entre los caídos hay activistas y combatientes del PKK. El hecho es que mientras otros hacen cálculos indignos, los kurdos resisten heroicamente, reivindicando la estirpe del invencible Saladino.

Refiriéndose a la tenaz resistencia que encontraron los alemanes en Grecia, Churchill dijo: “De ahora en más, no debemos decir que los griegos luchan como héroes, sino que los héroes luchan como griegos”. Lo mismo insinuará el capítulo de la historia referido a la resistencia de Kobane contra Estado Islámico. Y entre los combatientes kurdos hay muchas heroínas. Una de ellas la llamaban Rohane. Era joven, bella y luchaba haciendo honor a Saladino, el más célebre de los antiguos guerreros kurdos. Dicen que Rohane había matado en combate a un centenar de yihadistas, cuando una foto la condenó a la fama y también a morir decapitada.

En esa fotografía, la joven kurda aparece en fajina militar haciendo con los dedos la V de la victoria. Y como quien la retrató colgó la foto en internet y contó en el epígrafe sus proezas, esa imagen se convirtió inmediatamente en modelo de valor y fuente de inspiración combatiente para los kurdos.

Por eso se incrementó el número de peshmergas que llegaron desde Irak atravesando territorio turco. También por eso los sitiadores de Kobane comprendieron que debían conjurar cuanto antes ese símbolo inspirador.

La buscaron denodadamente y, al parecer, lograron atraparla. Al menos eso sugiere la foto difundida en la red, en la que un yihadista sostiene lo que parece la cabeza de Rohane.

Estado Islámico también difundió la masacre de una tribu sunita iraquí que llevaba semanas cortándole unos de los pasos a Bagdad. La tribu Albu Nimr defendió la ciudad de Zauiyat hasta quedarse sin municiones. El ejército iraquí no la había pertrechado y tampoco acudió a defenderla cuando los yihadistas entraron en la ciudad de la provincia de Anbar y ejecutaron a cientos de personas, incluidas decenas de mujeres, ancianos y niños.

Posiblemente, los militares iraquíes, sirios y turcos temen combatir contra la brutal milicia que decapita a sus prisioneros. Todos temen a Estado Islámico. Por eso Irán contrata mercenarios para enviarlos a luchar contra los yihadistas.

Los únicos que los enfrentaron, en lugar de huir despavoridos, fueron los peshmergas que protegieron Ebril, en el Kurdistán iraquí; la tribu sunita Albu Nimr, y los kurdos que convirtieron Kobane en la Stalingrado del Oriente Medio.

*Profesor y mentor de Ciencia Política

de la Universidad Empresaria Siglo 21.

 

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