Teatro / 14 de noviembre de 2014

Inquietante propuesta

“La muerte y la doncella” de Ariel Dorfman. Con: Marcela Ferradás, Carlos Santamaría y Horacio Peña. Dirección: Javier Margulis. Teatro Cervantes, Libertad 815.

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★★★★ ¿Es lícito ejercer justicia por mano propia? ¿Tiene validez una confesión arrancada bajo presión? ¿Puede una pareja que se profesa amor sincero atravesar, sin zozobras ni tentaciones, la ausencia  prolongada y forzosa de uno de sus miembros? Estos y otros dilemas éticos y morales surgen al ver “La muerte y la doncella”, la perturbadora pieza del escritor y dramaturgo de origen argentino, nacionalizado chileno, Ariel Dorfman (1942).

En 1994 la cartelera porteña conoció una anterior transcripción escénica poco feliz, interpretada por Jorge Mayor, María de los Ángeles Medrano y Lorenzo Quinteros. Tal vez la década del noventa no era aún un terreno fértil para ahondar en los temas inquietantes que el argumento propone. Lo cierto es que hoy, la trama tiene otro eco y favorece una bienvenida reflexión: Paulina Salas (Marcela Ferradás), fue torturada y violada por secuaces del régimen militar chileno. A pesar de los tormentos, nunca delató a Gerardo Escobar (Carlos Santamaría), su novio insurgente. Con el advenimiento de la democracia y el paso de los años, se casan y afincan en la costa. Él se transforma en un influyente abogado e integra la comisión investigadora de violación a los derechos humanos.

Quince años después, por azar, esa mujer temerosa reencuentra en su propia casa, invitado por su marido, a Roberto Miranda (Horacio Peña), el despiadado médico que durante su cautiverio estuvo encargado de comprobar su capacidad de resistencia a las vejaciones, mientras escuchaba -en un inexplicable deleite sonoro que contrastaba con los abusos- el espléndido cuarteto de cuerdas “La muerte y la doncella” de Schubert. De ahí el título y la recurrente aparición de esta composición durante toda la obra.

Paulina identifica la voz del desconocido y decide vengarse sometiéndolo a un juicio sumario privado para obtener una declaración y el consiguiente arrepentimiento. El final es sorpresivo y conviene no revelarlo.

La acertada dirección de Javier Margulis tiene muchos puntos a favor. Con inteligencia, escamotea detalles algo inverosímiles en la historia de Dorfman: el público nunca sabrá cómo Paulina, en apariencia menuda, logra sacar ella sola, del dormitorio de huéspedes, al adormilado visitante inoportuno, amarrarlo y luego encañonarlo con un revólver.

El elenco es notable; la labor de Ferradás es intensa y se vuelve conmovedora al narrar su calvario; Santamaría aporta incredulidad y sumisión, mientras Peña encara un trabajo titánico e impecable al mostrarse como el señor afable, casi gracioso, que muda su piel paulatinamente hacia el profundo abismo de la verdad. La escenografía minimalista de Daniela Taiana y la iluminación sugerente de Marco Pastorino aportan el marco estético exacto.

 

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