Costumbres / 17 de noviembre de 2014

MONARCAS DEL SIGLO XXI

Las nuevas reglas de la realeza

Felipe de España y Guillermo de Holanda son los reyes más jóvenes de Europa. El hijo de Diana espera pero se prepara. Misión “refresh a la Corona”.

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Para cualquier mortal, sacarse 3,72 sobre 10 significa un aplazo. Claro que hay excepciones: La Casa Real española obtuvo ese mísero puntaje en una encuesta que hizo en abril pasado el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Los números indican que, en la última década, esa monarquía perdió la mitad de su popularidad y de la confianza de sus ciudadanos. Felipe VI está estrenando el trono y, contrariamente con la institución, se alza con un 70% de aceptación. A su lado, Letizia Ortiz se convirtió en la primera soberana consorte sin títulos pero con pasado de divorciada, madre de la futura reina de España, Leonor, de sólo 9 años. El protagonista del primer relevo de coronas de este siglo fue Guillermo Alejandro, rey de Holanda desde 2013. Así, también se coronó Máxima Zorreguieta y su hija Amalia, de 11 años, ya recibe lecciones para ser la futura regente. Mientras tanto, Kate y William de Inglaterra también son parte de una ola de renovación, pero ellos tendrán que esperar para cobrar protagonismo, ya que la reina Isabel II sigue aferrada a la Corona.

“La única constante de la monarquía es que cambia”, definió en un juego de palabras Guillermo Alejandro antes de convertirse en rey. Las casas reales europeas están moviendo sus fichas: El denominador común es que optan por reyes jóvenes y reinas consortes plebeyas. Este último término puede erizar la piel en Argentina siglo XXI pero sigue vigente en otras latitudes. Pese a que la mismísima Real Academia Española defina al término “plebe” como: “En el pasado, clase social común, fuera de los nobles, eclesiásticos y militares”. Ahí está el desafío de las nuevas camadas: aggiornarse para seguir conjugando en presente una institución tan vieja como la rueda.

En marcha. Ya en su entronización, Felipe VI marcó territorio: esa ceremonia no contó con la misa posterior ni con la tradicional presencia de los Evangelios y del crucifijo de plata del Congreso de los Diputados. También desde su llegada, se permite que los nuevos miembros de las instituciones que se presentan ante el rey juren o prometan sus cargos sin Biblia ni crucifijo. “Hay un cambio fuerte porque se perdió el importante simbolismo que antes tenía la realeza en sí misma”, interpreta la socióloga Susana Saulquin.

Guillermo Alejandro también sentó posición al conservar su nombre, en vez de convertirse en Guillermo IV. “Sería raro de repente llamarse de otro modo”, alegó. Si errar es humano, reconocer las faltas es un paso atípico para la inmunidad monárquica. Así, el rey de Orange ha reconocido públicamente sus equivocaciones –al construir una villa de vacaciones en Mozambique en medio de una crisis económica del país, por ejemplo– y hasta asumió: “Seguiré cometiendo fallas, pero hay que aprender de ellos”. Sus declaraciones ponen en suspenso ciertas costumbres centenarias: “No soy un fetichista del protocolo. La gente puede dirigirse a mí con el tratamiento con el que se sientan más cómodos”.

Por su parte, William, el hijo mayor de Diana Spencer, suele sacudir el polvo de las tradiciones británicas, como cuando hace un año, aprovechó una gala benéfica para subir al escenario y cantar a coro con Jon Bon Jovi y Taylor Swift. Claro que una cosa es desacartonar el protocolo siendo príncipe y otra muy distinta sería hacerlo siendo rey.

Esas mujeres. Para el periodista inglés Andrew Morton, especialista en la realeza, Máxima integra la “nueva generación de consortes sin sangre azul que salvaron a las casas reales de Europa, al tender puentes con el pueblo”. Esta reina de sonrisa amplia y frecuente, que no teme en repetir vestimenta y manda a sus hijas a escuela pública, tiene un pasado de joven profesional y exitosa.

Letizia también es bien distinta de todas sus predecesoras en la línea de los Borbones. Hasta el año pasado, solía ir a recitales de rock o al cine con amigos. Como reina, no podrá tomarse ese permiso. Para algunos, el ADN de clase media trabajadora de Letizia puede ser un valioso traductor para su marido de cómo es la vida fuera de La Zarzuela. Otros se irritan con esa genética y no le perdonan ciertos deslices u omisiones en actos oficiales. Pero ¿qué esfuerzo implicará para una periodista que supo ser la cara de la televisión pública de su país, medir gestos y ahorrar palabras?

El diseñador argentino Roberto Devorick, asesor y amigo íntimo de Diana Spencer, dice que “Letizia y Máxima no tienen nada que ver con Diana. Diana era más noble que la propia familia real inglesa y su gran mérito fue, aún así, popularizarse como la princesa de los humildes. Ella decía que creía en una realeza aggiornada, que no fuera del BMW al palacio. Diana llevaba a sus hijos a McDonald´s pero, a diferencia de Leticia, Máxima o Kate, ella no era plebeya”. Para Saulquin, estas consortes sin linaje son consecuencia de cierto aflojamiento, “hay una mayor tolerancia porque la sociedad actual es más tolerante y esto es debido a que somos más individualistas. Pasamos de una sociedad muy disciplinada y sometida a estructuras, a un hiperindividualismo sostenido en las redes sociales”, subraya.

Devorick le reconoce el puntapié inicial de la “nueva monarquía” a Beatriz de Holanda: “Ella es la que quebró la rigidez a la que estaban acostumbrados los futuros monarcas. Diana siempre decía que sentía una envidia sana por la apertura de sus vecinos y una gran admiración por quien ahora es la suegra de Máxima”, afirma Devorick.

Cambiar o no cambiar. Mientras tanto, los jefes de protocolo de las familias reales europeas intentan armar estrategias para no perder popularidad. Guillermo Alejandro declaró que pretende ser “un rey que en el siglo XXI pueda unir, representar y motivar a la sociedad”. Quizás por eso en su entronización reemplazó el uniforme militar por un frac. Del mismo modo, en su proclamación, Felipe VI dijo que encarna “una monarquía renovada para un tiempo nuevo”. ¿Qué será la renovación para una institución anacrónica que viene perdiendo su halo? “Antes, la nobleza representaba el show on, era el espectáculo y la espectacularidad. Ahora, en la sociedad del espectáculo, eso se modificó porque el show es lo popular y masivo. A la monarquía no le queda otra que aggiornarse para sobrevivir. Pero en el fondo, se trata de un gatopardismo en el que cambian para que nada cambie”, concluye Saulquin.

 

Comentarios de “Las nuevas reglas de la realeza”

  1. Muchas veces estos reyes “aggiornados” son mucho mas democráticos que los presidentes votados por un pueblo empachado de publicidad engañosa(tal el de “nuestra” Emperatriz Viuda”)

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