Teatro / 21 de Noviembre de 2014

Sobrecargada versión

“Muñeca” versión libre sobre la obra de Armando Discépolo. Con: Pompeyo Audivert, Mosquito Sancineto y elenco. Dirección: Audivert y Marcelo Mangone. CCC, Corrientes 1543.

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★★★ El teatro de Armando Discépolo (1887-1971) resiste el paso del tiempo y genera en el espectador inquietudes perennes. Sus obras se caracterizan por un marcado pesimismo, un clima denso que, como en un retrato al vitriolo, muestra en carne viva personajes inmersos en una realidad social asfixiante. Su estilo, definido como grotesco criollo, iluminó textos como “El organito”, “Relojero”, “Mateo” y “Stéfano”, entre otras creaciones indispensables del teatro nacional.

En 1924 dio a conocer “Muñeca”; considerada una comedia sentimental de difícil encuadre dentro de su vasta producción, aún conserva un aire de estructura ligera que enmascara un gran estudio de la situación de la mujer en esa época y la amistad varonil.

Muñeca (Ivana Zacharski) es una muchacha de vida fácil que, como se requería en el Buenos Aires de entonces, debía ser francesa, o fingirlo. Durante un tiempo fue mantenida por Don Anselmo (Pompeyo Audivert), un hombre viejo, feo y contrahecho (en el original) poseedor de una inmensa fortuna. La inesperada huida de la joven le genera cólera y melancolía. El hombre la extraña, la desea, pero sobre todo, siente furia por la traición de alguien en quien creía tener derechos inalienables.

La protagonista, en realidad, está prendada del lozano Enrique (Diego Veggezzi) con quien se escapó. Sólo Mora (Fernando Khabie), el especulativo amigo del patriarca. logrará con su labia sibilina que la chica regrese. A partir del retorno se precipitan los hechos y en plena fiesta, de la que participa la jauría de amigos de Anselmo, se revela la fábula terrible de un machismo elemental: hay que castigar a la irreverente. El alcohol liberará las lenguas, incluida la de Perla (Mosquito Sancineto) y, en un clímax guiñolesco, el anfitrión escuchará la confesión del muchacho. Enloquecido, el anciano se suicida.

Libérrima y sobrecargada, esta curiosa versión incluye versos eróticos de la poetisa uruguaya Marosa di Giorgio y algunas ironías sobre la política de aquellos tiempos que disipan la potencia de este frecuentado título. Compartida por Audivert y Mangone, la dirección toma una decisión discutible: se aleja de la representación de los personajes discepolianos, y los transforma, junto con la acción, casi en una traslación escénica de seres pertenecientes al universo de Roberto Arlt, al punto que por instantes parece una visión de “Los siete locos”. Y, salvo en el travestismo, no juega con los matices larvados, inevitablemente homoeróticos, de la patota masculina.

En cuanto a las composiciones, únicamente sobresalen Audivert, quien apela a su habitual gestualidad desbordada, el tono enfático y un aceitado oficio, y Veggezzi, que es toda una revelación.

 

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